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El día que Darvin Ham rompió el tablero

Darvin Ham y su mate descomunal en el March Madness de 1996 que valió una portada para Sports Illustrated

El tablero cayó al suelo hecho añicos. Varios jugadores tuvieron que salir de la zona velozmente ante el riesgo de sufrir cortes como consecuencia de la lluvia de finos cristales que se les venía encima. Y el partido, como no podía ser de otra forma, se detuvo.

Sucedió el 18 de marzo de 1996, durante el encuentro de segunda ronda del March Madness que enfrentaba a North Carolina con Texas Tech. El banquillo de los Tar Heels estaba todavía ocupado por el legendario Dean Smith, en la que era su penúltima temporada como entrenador en activo. Destacaban el base senior Dante Calabria, el alero Jeff McInnis y, sobre todo, dos jugadores de primer año como Antawn Jamison y Vince Carter. Llegaban a aquel duelo tras deshacerse de New Orleans en primera ronda con relativa facilidad (83 – 62), pero con las dudas lógicas generadas en una temporada discreta en la que tenían un récord de 21 victorias y 10 derrotas. Su mayor aval, en aquella ocasión, era la propia marca, el nombre de una universidad ganadora que impone respeto a sus rivales con su propia presencia. Y, por supuesto, por la trayectoria brillante de su entrenador, un Dean Smith considerado por méritos propios como uno de los mejores de toda la historia del baloncesto universitario.

Por su parte, Texas Tech llegaba a esta cita con una única derrota en su casillero, y había que remontarse hasta el mes de diciembre para encontrarla. A priori, por trayectoria, eran los grandes favoritos, pero habían sufrido mucho para derrotar, por un único punto de diferencia (74 – 73) a la modesta Northern Illinois en primera ronda del Madness, lo cual ciertamente igualaba los pronósticos iniciales. Destacaban cuatro jugadores que estaban realizando una campaña realmente buena: Jason Sasser, Cory Carr, Koy Smith y Tony Battie, aunque ninguno de ellos fue el protagonista de la acción que decidió el partido. Todas las portadas las acaparó Darvin Ham, un alero secundario, aunque partiese como titular, que en su temporada senior promediaba 9’1 puntos, 5’7 rebotes y 1 asistencia por partido.

El inicio del partido reflejó en el marcador la igualdad que había en la cancha. Ninguno de los dos equipos conseguía imponer ni su ritmo ni su juego y el intercambio de canastas era la tónica general de los primeros minutos. Y así se llegó al minuto 8 de la primera mitad, con 16 – 14 favorable a North Carolina y mucha incertidumbre en ambos conjuntos. En el siguiente ataque de Texas Tech, sin embargo, iba a producirse la acción que decantaría la balanza a favor de los Red Raiders.

El balón llegó a Jason Sasser, máxima estrella de Texas Tech y principal amenaza ofensiva del equipo. Pegado a la línea lateral, el alero inició la aproximación a canasta dando varios botes de balón para terminar lanzando un gancho en suspensión desde fuera de la zona. El balón no entró, pero con una fuerza descomunal apareció de la nada Darvin Ham. Cogió el rebote ofensivo y, sin caer al suelo, machacó el aro con tal intensidad que el tablero no resistió el impacto y terminó destrozado en mil pedazos. Esa acción puso el empate a 16 en el marcador, pero no fueron dos puntos más. El Richmond Coliseum (Richmond, Virginia) estalló ante la espectacularidad de la acción, los componentes de la plantilla de Texas Tech, exultantes, corrieron a abrazar a su compañero y un estado de júbilo invadió el ánimo del equipo. Quedaba mucho encuentro por delante, pero en esos instantes ya había un equipo que se sentía ganador y con un ímpetu renovado gracias a una acción tan inesperada como revitalizadora.

Por el contrario, North Carolina estaba, literalmente, herida. Su pívot titular, Serge Zwikker, tenía que ser curado de un corte en la mano que le había producido el accidente, al igual que Antawn Jamison, cuyo brazo tuvo que ser vendado como consecuencia del mismo. Pero, más allá de las lesiones físicas, mentalmente el golpe fue mucho más acusado de lo que cabía esperar.

Se tardó veintinueve minutos en restaurar los daños causados en la canasta. Cuando se reanudó el encuentro, Texas Tech salió a la cancha como un auténtico vendaval. Dos triples de Jason Sasser y otras dos canastas de dos puntos dieron la primera ventaja importante a los Red Raiders, que llegaron al descanso del encuentro con el marcador a favor (44 – 32) tras una nueva racha de cinco triples consecutivos. Y el bombardeo no cesó. Tras la reanudación, cuatro de las primeras canastas de Texas Tech volvieron a ser triples, que se marcharon hasta un 63 – 38  a falta de poco más de doce minutos para la conclusión del encuentro. North Carolina, completamente desbordada, no pudo hacer nada para remontar, perdiendo finalmente por 92 – 73. Era la segunda vez en dieciséis años que Dean Smith caía en segunda ronda. Texas Tech alcanzaba el Sweet Sixteen, donde caería frente a la poderosa Georgetown de Othella Harrington… y, especialmente, de Allen Iverson.

La acción de Darvin Ham mereció ser portada de la prestigiosa Sports Illustrated y está considerado, todavía hoy en día, como uno de los mates más icónicos de la historia del March Madness. Desde ese día, el nuevo entrenador de Los Angeles Lakers se ganó una más que merecida fama como gran matador. Curiosamente, ese mismo año 1996, Ham se había proclamado vencedor indiscutible del concurso de mates de la NCAA, hecho que apenas había repercusión a nivel mediático. La temporada siguiente, ya como jugador profesional en los Denver Nuggets, participó en el “Slam Dunk Contest” del All Star celebrado en Cleveland y que terminó ganando Kobe Bryant. Ham no superó la primera ronda en una de las decisiones más polémicas de la historia del concurso, ya que apenas valoraron con 36 puntos una serie de mates realmente espectaculares.

Si bien la carrera profesional de Ham, como jugador, no fue excesivamente gloriosa, poco a poco se está labrando un nombre como entrenador. Ahora le llega su primera oportunidad como entrenador jefe, en una plaza tan complicada como es el banquillo de los Lakers. No podrá realizar saltos imposibles, no conseguirá mates estratosféricos y, lo que da más tranquilidad a todos, seguro que ya no romperá ningún otro tablero. Sus retos son otros; sus objetivos, completamente distintos. Si con aquella célebre y recordada acción atrajo todos los focos hacia su figura, eso no fue nada más que un juego de niños en comparación con la atención que tendrá durante su estancia en el banquillo angelino.

Ciertamente, su legado es ínfimo en comparación con el de muchos de los jugadores que va a tener a sus órdenes esta próxima temporada. Pero siempre podrá ponerles el vídeo de su minuto de gloria y presumir de ser el protagonista de una de las jugadas más prominentes de la historia del baloncesto universitario americano.

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