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Perfiles NBA

Ángeles y demonios en Hampton

Fue el Jack Sparrow de la NBA antes siquiera de que conociéramos al célebre pirata. Allen Iverson supuso el grafiti callejero más talentoso dentro del pulcro museo globalizado que quiso imponer David Stern

Las medidas puede que incluso fueran inferiores a las que decían las estadísticas oficiales. Cuando visitó Barcelona para el amistoso de los Sixers contra los blaugranas, más de una persona aficionada pensó que Allen Iverson, de Hampton, apenas sobrepasaba el 1’80 de estatura. Una confirmación más de su condición de mejor libra por libra. Sin ninguna ventaja de estatura en un deporte como la canasta, consiguió cuatro títulos de máximo anotador de la NBA, encadenó presencias en el All Star y logró que los pabellones pensasen que los milagros eran factibles.

El presente podcast aprovecha el reciente número 37 de Skyhook, una verdadera carta de amor a aquellos Sixers que rozaron el cielo baloncestístico durante la campaña 2000/01. Y en aquella nómina de jugadores de la ciudad del amor fraternal, nadie podía dudar que Iverson, The Answer, era el alma del proyecto. Más allá de su matrimono a la italiana con Larry Brown, la revista nos adentra asimismo en ese punto de inflexión en su carrera deportiva con el equipo de sus amores. Nuestra tertulia con Oscar Fontecha busca explicar, siquiera un poco, a un controvertido ángel y demonio.

Todo pudo truncarse antes de nacer en una bolera en Hampton. Un conflicto juvenil que se escapó de los parámetros normales, con un fuerte componente de tensión racial. Un juez con fama de poco sensible hacia la comunidad afroamericana, presiones al gobernador de Virginia y, tras cuatro meses de correccional, su puesta en libertad. No obstante, la recuperada capacidad de movimiento le reveló un mundo distinto. Aquel chico que hacía milagros en el fútbol americano y el playground pudo ver que las cartas de las universidades con becas deportivas se evaporaron. De repente, tuvo la etiqueta de sospechoso habitual. Tal vez nunca dejó de tenerla.

La oportunidad para el hijo pródigo solamente podía venir del primer entrenador negro capaz de llevar a su escuadra a alzar un título de la NCAA: John Thompson. A partir de entonces, una figura paterna para e prodigio que aceptó la oferta de los Hoyas. El estado de Virginia disfrutó de él en unos días donde se midió a futuros NBA como Jerry Stackhouse, Ray Allen o Rasheed Wallace. Thompson le daba los consejos que el padre ausente que nunca tuvo debió procurarle. Más allá de su sonrisa diabólica cuando hacía ingeniosos crossovers, AI nunca ocultó esa tristeza de quien desde muy pequeño aprendió que no siempre se podían tener un par de zapatillas o, mucho peor, algo de comida que echarse a la boca. Los problemas de salud de su hermana o las dificultades de su madre aceleraron su decisión de saltarse el programa universitario de su ciclo habitual y dar el salto a la mejor liga del mundo en un Draft plagado de genios donde él sería la primera elección de Philadelphia.

Pese a las críticas de reyes del trash talking como Charles Barkley por su chuponería, él solo justificaba una entrada. En la era de las estadísticas, quizás no habría encontrado acomodo. Sin embargo, su look irreverente, el ataque frontal a canasta y una carismática sed de victoria lo hacían alguien capaz de iluminar una cancha a través de su mera presencia. Lo afirmó Red Auerbach, quien tuvo el placer de entrenarlo en un partido de exhibición de jóvenes talentos. La grada Sixer lo amó como no se veía desde los días del legendario Doctor J. Los Playoffs de 2001 fueron la mayor consumación del romance, incluyendo aquel prodigioso espejismo que el genio bajito hizo en el Staples Center ante la perpleja mirada de los hombres de púrpura y oro.

El bonito sueño se truncó demasiado pronto. La eliminación a manos de los Boston Celtics de Paul Pierce y Antoine Walker supuso un batacazo para un cojunto que debió haber sido una potencia del Este más veces. Larry Brown se marchó y, como suele suceder en esos casos, ambos hombres se recordarían con mucho más cariño del que, en ocasiones, se dedicaron en ruedas de prensa. El gran lunar de Iverson, un motivo de dolor para gente como Pat Croce, propietario de lo Sixers y su fan número uno: lo entregaba todo en la cancha, pero jamás entrenó al nivel que merecía su talento. Todo era natural, el impulso artístico de alguien lejos de la ética de trabajo de otros de sus compañeros de promoción.

La explosividad y las noches anotadoras seguían cayendo en noches mágicas, si bien el famoso traspaso a los Denver Nuggets, donde trabó gran amistad con Carmelo Anthony, marcó un punto de inflexión. Colorado vivió a una pareja excitante en lo ofensivo que se chocó con dos muros de un Far West terrorífico: los San Antonio Spurs y los Ángeles Lakers. Posteriormente, ver triunfar a Chauncey Billups en ese mismo puesto mientras él no asimilaba su rol en los Detroit Pistons resultó una bofetada para el orgullo de alguien nacido para ser la estrella de la función.

Todavía hubo tiempo para una noche turca, otra andanza heterodoxa de un millonario prematuro que despilfarró toneladas de dinero. También lo generó. El Comisionado de la NBA podía poner multas y censurar muchas de sus actuaciones, pero nadie puede dudar que la liga huérfana de Michael Jordan (la leyenda a quien un novato descarado regateó para delirio de su grada) tuvo en él un gancho único, un estilo urbano que desprendía pasión. Su camiseta siempre estaría entre las más vendidas y era fácil ver el respeto de sus rivales cuando les tocaba medirse con él.

Al menos, hubo un último guiño a Philly, su casa. Por fortuna, la era de YouTube le permite captar nuevos adeptos a su religión deportiva tendente a polarizar. Nunca dejaba indiferente a nadie. Grandes éxitos y experiencias amargas como lo Juegos Olímpicos de Atenas. Libra por libra. El rompedor de tobillos. Allen Iverson.

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