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Análisis

Requiem for a team

Monarcas sin corona: los Phoenix Suns de Steve Nash rondando durante más de un lustro un éxito colectivo que se les acabó negando de forma tozuda.

los Suns de Steve Nash

Aunque el olfato goleador de Paolo Rossi permitió a Italia alcanzar el campeonato mundial de fútbol en España (1982), la selección de la canarinha a la que martirizó con su hat-trick en el antiguo Sarriá terminó ganando la batalla por el recuerdo, pese a no haber disputado ni siquiera las semifinales de aquel torneo. De igual forma, la imagen del atleta olímpico Derek Redmond ayudado por su padre para cruzar la línea de meta pervive con más fuerza en el imaginario colectivo que cualquier éxito acontecido en la prueba los 400 metros de los épicos Juegos de Barcelona.

Ganar es de suma relevancia en el deporte profesional. No obstante, un análisis sosegado muestra que hubo casos de algunas revoluciones que, sin el premio final, lograron algo igual de relevante que un trofeo o la medalla de oro: el aprecio casi unánime del público y un rincón especial en la memoria de las personas amantes de la disciplina que practicaron. En esa lid, los Phoenix Suns de Steve Nash únicamente compiten con los Sacramento Kings a comienzos del siglo XXI como los favoritos de esta irrepetible categoría: monarcas sin corona, aunque sí hijos predilectos de la grada neutral, esa que prende el televisor con ansías de hallar un baloncesto que seduzca a propios y extraños.

En Skyhook ya se ha hablado de esa era no soñada, si bien hoy nos vamos a centrar en su hora más oscura. Aquella donde todo pareció desmantelarse, si bien hubo una redención inesperada, un amor invernal que reconcilió a medias a la NBA con el equipo que tanto dio al campeonato… y recibió tan poco de los duendes de los aros.

Besar la lona

“Esto es como un campeonato de los pesos pesados: tienes que noquearlos. Nosotros no lo hicimos”. Tales fueron las palabras de un desolado Mike D’Antoni después de una derrota muy dolorosa en los Playoffs de 2007. Para nuestra narración nos remontamos al peor momento de un proyecto que había enganchado a una generación ávida de nuevas emociones en años de mucho músculo y control del rebote. Desde el verano de 2004 se había producido un maremoto en la Conferencia Oeste de la NBA: Steve Nash, excitante playmaker canadiense, abandonaba a los Dallas Mavericks de su gran amigo Dirk Nowitzki para hacer las maletas hacia Arizona, lugar donde debutó en 1996. Seven seconds or less es la frase que todavía hoy provoca una mueca cómplice en la afortunada generación que se maravilló ante un sistema ofensivo absorbente.

Desde que lo vio en acción, D’Antoni, su nuevo técnico, quedó prendado de lo que tenía entre manos con Nash. Un base explosivo, alegre e imaginativo que mejoraba todo lo que tenía a su alrededor. En el pasado, Phoenix disfrutó de un talento díscolo como el de Stephon Marbury, pero Nash tenía un punto de cordialidad y mentoría para los más jóvenes que le hizo encajar en el vestuario como un tipo que llevase toda la vida con ellos. Igual que había hecho con Nowtizki en el pasado, el exterior pronto hizo comprender al prometedor Amar’e Stoudemire que no veía a quitarle ningún foco, todo lo contrario: iba a hacer lucir más todavía a aquel dominante pívot que parecía llamado a marcar época.

Por eso, una dura jornada en Texas provocó que Stoudemire abandonara la lógica y cediera a los instintos más primitivos. Sus Suns estaban luciéndose frente a un anfitrión tan temible como los San Antonio Spurs de Tim Duncan en las semifinales de 2007.  Amar’e rememoraba que los pupilos de Popovich cortaron su sueño en 2005, justo cuando llegaron a las Finales del Oeste con el mejor récord de victorias y el aplauso de la prensa deportiva. Desarmaron a los Memphis Grizzlies de Pau Gasol y Nash se tomó una feliz revancha contra Dallas para desesperación de Jason Terry, un gran jugador que habría de explorar en su propio interior para no contentarse con ser la sombra del canadiense en los Mavericks.  

Cuando algunos hablaban del anillo, San Antonio los aplastó en cinco encuentros con un basket eficaz y que penalizaba al máximo los errores. El cuarto día Stoudemire se multiplicó en la cancha para evitar el barrido. “Jugué al nivel que debería tener todas las noches”, terminaría reconociendo. Se intuía el germen de una rivalidad legendaria. Sin embargo, la lesión del interior en el curso siguiente forzó a Nash y a sus camaradas (menos el espectacular Joe Johnson, de quien se rumoreaba que aceptó irse a los Atlanta Hawks porque no recibía el suficiente protagonismo) a hacer dos milagros en L.A. (Lakers y Clippers) para meterse en otra lucha por el trono del Far West. San Antonio ya no estaba, pero Dallas con la mejor versión de Terry y Nowtizki logró imponer la lógica merced a su superior banquillo, uno de los pocos aspectos sin trabajar realmente por D’Antoni, exprimidor de sus titulares.

Los Spurs tardaron poco en volver a ser su roca en el camino. Llegaron a las semifinales de 2007 para robar rápido la ventaja de campo, incluyendo un golpe fortuito de cabezas entre Tony Parker y Nash. El segundo salió peor parado, aunque procuró que la sangre en su nariz no le impidiera mantenerse en la pista todo lo posible. Los dos posteriores encuentros habían impuesto la lógica de la escuadra anfitriona.

Ahora las tornas habían cambiado. Nash llevaba la pelota en un choque que acabaría 98-104 para Phoenix y que había dejado sin palabras a un oponente que se las prometía felices tras vencer la obertura en Arizona otra vez. A diferencia de dos años atrás, ahora Phoenix no se contentaba con ningún premio de consolación. Acaban de colocar la eliminatoria en un 2-2 que les daba hasta dos balas para rematar en su feudo. De hecho, si sobrevivían, el resto de las eliminatorias siempre lo harían con mejor récord de victorias por un accidente ocurrido al favorito de las casas de apuesta en primera ronda, como veremos a continuación.  

“Horry no estaba teniendo su noche”. Pocas cuestiones revelan más inteligencia que una pequeña dosis de humor en instantes apurados. Con 97-100 y pocos segundos por disputarse, los Spurs sabían que debían llevar al playmaker canadiense a la línea de tiros libres. Nadie esperaba que “Big Shot”, uno de los tiradores con más sangre fría y aplomo en las últimas décadas de la NBA, lo iba a hacer de una forma tan contundente. Un espectro debió de recorrer la mente del Comisionado David Stern cuando un partido ya cerrado amenazaba con tornarse en un revival de la controversial Malice at the Palace, momento que por poco acabó con la carrera profesional de Ron Artest y Stephen Jackson.

Raja Bell, un deportista curtido a la hora de encararse a deidades como Kobe Bryant, no vaciló en pedir cuentas al agresor, quien terminaría siendo lógicamente expulsado. De cualquier modo, la mirada de Nash, quien buscó levantarse de inmediato, mostró preocupación por su banquillo. Boris Diaw y Amar’e Stoudemire se habían alzado, visiblemente molestos por lo que acababa de ocurrir.

En resumen, habían ganado el partido… e iban a perder la serie.

Sospechosos habituales

“Steve siempre se asegura de que sus compañeros reciban el balón donde más efectivos pueden ser. Ni demasiado pronto, ni demasiado tarde. Y si pones junto a Nash a una fuerza de la naturaleza como Stoudemire, entonces el cielo es el límite. Amar’e tiene el tiro de un escolta y la capacidad de salto del mejor Shawn Kemp”. Bruce Bowen era una figura conocida, temida y vilipendiada en aquella NBA. No obstante, estudiaba al juego al máximo como refleja este análisis suyo sobre el dueto letal de Phoenix. En las fascinantes Finales del año 2005, Larry Brown, flamante entrenador de los Pistons, comparó a Bowen con la peste por su forma de marca Richard “Rip” Hamilton, una de las fuentes de producción más fiables en el ataque de Detroit.

Después de foguearse en Europa, donde incluso exhibió tener un buen tiro de larga distancia, aquel especialista defensivo nacido en California abrazó la causa Spur y se convirtió en un intangible muy valioso para una futura dinastía. Eso sí, estrellas tan capaces como Ray Allen o Kobe Bryant debieron de vigilar constantemente sus tobillos ante las tretas poco elegantes de un implacable perro de presa. Las menos de tres faltas personales de Bowen de promedio hablan tan bien de su inteligencia táctica como ponen en entredicho la capacidad de atención de las ternas arbitrales para prestar cuidado al juego subterráneo. Liz Robbins, desde las páginas de The New York Times, advertía que donde los Suns veían a un jugador sucio había un tipo ganador muy peligroso para sus intereses.

En vísperas del quinto partido, Bowen podía respirar aliviado. La NBA había comunicado que sus acciones sobre el hombre orquesta del adversario no habían sido intencionadas. Volvió a reiterar su máximo respeto por un rival con dos premios MVP, algo que irritaba profundamente a Horry, quien había reclamado al menos uno de ellos para su antiguo camarada Kobe Bryant. Sea como fuere, nadie dudaba que el mejor triplista sobre la bocina en Playoffs iba a estar sancionado dos encuentros.

Por el contrario, los vídeos analizados por Stern y sus colaboradores les convencieron de ser ejemplares con Stoudemire y Diaw también, a diferencia de lo ocurrido con Bowen. Fueron juzgados por sus intenciones sin haberse producido el acto. Naturalmente, la opinión pública se dividió de inmediato en una ronda que estaba dando mucho que hablar. Los ecos llegaron incluso a la península ibérica.

En España, por ejemplo, Vicente Salaner, un reputado experto en baloncesto al otro lado de Atlántico, subrayó que la falta sobre Nash evidenciaba que una parte del reglamento de la NBA había quedado atávica. Levantarse airadamente del banquillo costaba más caro que una falta muy expeditiva. Por su lado, en las páginas de la Revista oficial de la NBA, la misma donde escribía su defensa Salaner, otra cronista baloncestística como Isabel Tabernero lanzaba una provocadora pregunta, ideal para fomentar el debate: “¿Todo el mundo iba con Phoenix?”. Bajo su punto de vista, las normas debían aplicarse sin importar los colores y nada garantizaba que la pareja de Suns tuvieran intenciones más amistosas de las exhibidas por Artest en el pasado.

Excelentes periodistas deportivos ambos, de una lectura atenta de cada uno de los dos se desprendía una filosofía legítima y un tanto antagónica hacia el otro bando. Salaner siempre se había declarado un gourmet de la aplicación de un estilo europeizante al otro lado del charco, algo que D’Antoni estaba llevando a cabo de una forma vistosa. Tabernero era una fan reconocida del estilo espectacular y heroico de individualidades como Kobe Bryant, a quien había apoyado en repetidas ocasiones como MVP durante el segundo entorchado de Nash. Para subrayar esa antítesis, tanto el mortífero escolta como el generoso base se habían medido en dos primeras rondas. La de 2006 realmente agónica y la siguiente un paseo para Phoenix.   

Nash sabía que debía vigilar mucho su nariz y el resto del rostro cuando se cruzara con el pupilo predilecto de Popovich para secarle. La grada de Arizona, todavía visiblemente dolida por perder a Stoudemire y Diaw, se puso sus mejores galas para intentar propiciar un milagro. Por varios instantes, la más hermosa historia del basket ofensivo de aquel tiempo lo rozó. Una valerosa penetración de Nash colocó un marcador de 62-53. El base canadiense estaba haciendo todo lo que se esperaba de él, amparándose en el heterodoxo Shawn Marion y brindando a Kurt Thomas algunos de los mejores minutos de su carrera.

Habría valido frente a muchos contrincantes. No obstante, la escuadra visitante era uno de esos oponentes que no se desesperaban. Duncan hacía un trabajo de demolición paulatino, silencioso e implacable. Sin Stoudemire, su poder devastador incluso se multiplicaba. Perder a Horry en aquellos compases no perjudicaba tanto a los hombres de El Álamo. Por ejemplo, en 2005 el hábil tirador había sido el héroe en la hora más oscura para San Antonio en el Palace de Auburn Hills. De cualquier modo, ahora el coleccionista de anillos estaba iniciando el crepúsculo de su gran carrera y su papel en la rotación no era comparable a las bajas de los Suns.

Nadie leía mejor esos compases que Manu Ginóbili, un devastador artista del balón, el mejor jugador que han dado las canchas argentinas. Espectacular sexto hombre de la dinastía texana, había sido fundamental asimismo para la buena aclimatación de su compatriota Fabrizio Oberto. Ginóbili sabía pasar de estático a gran velocidad con fabulosos cambios de ritmo, siendo un incordio penetraron al aro y lanzando desde más allá del arco. Su magia colocó un 71-69 inquietante para los anfitriones en el último cuarto. Posteriormente, Rafael Cerrato, autor de una fabulosa biografía sobre Gregg Popovich para Ediciones JC, rescató unas palabras del argentino sobre aquel día donde los Suns estuvieron limitados a siete hombres en la rotación: “Eran como animales heridos. Estaban molestos. Jugaban con mucha pasión”.

Brillaron como nunca y perdieron como siempre ante su bestia negra. Una máxima cruel que, tal vez, Nash negó en su cabeza cuando convirtió un triple como respuesta que justificó lo absurdo de quienes en algún momento negaron sus méritos como MVP. Más allá de la poesía en el manejo del balón y su aire risueño, representaba a un competidor nato que jamás se daba por vencido y quería colocar un 3-2 en la eliminatoria que hiciera a los suyos resucitar con más fuerza.

Conviene recordar que el cuadro del Far West se había modificado mucho. Las columnas deportivas de los especialistas insistían en que Suns y Spurs iban a desgastarse mutuamente antes de una hipotética Final del Oeste contra los Dallas Mavericks. Los hombres de Avery Johnson firmaron una regular season inhumana, tornados en los grandes favoritos de las casas de apuestas y con Dirk Nowtizki ganando sin discusión su trofeo como MVP. En una de las grandes sorpresas históricas de la NBA, aquella camada de los Mavs quedó eliminada en seis encuentros por los Golden State Warriors. La labor de un viejo zorro de los banquillos como Don Nelson (antiguo estratega en la tierra de J.R.) sacó el mejor jugó de curtidos guerreros como Stephen Jackson y habilidosos bases con el calibre de Baron Davis.

De repente, D’Antoni y Popovich descubrían un camino despejado hacia el cetro de la Conferencia si pasaban aquella dura prueba. Esa sensación de escrito por el destino se confirmaría cuando los Detroit Pistons, grandes candidatos del Este, cayesen por el efecto LeBron James. Nadie dudaba de que los Cavs podrían hacer grandes cosas en el futuro, pero la experiencia de Suns o Spurs era ampliamente superior a los jóvenes integrantes de Cleveland.

En resumen, la ciudad de Phoenix no dejaba se sentir, igual que la afición carioca en Sarriá años atrás, que sobrevivir a aquella ronda era una antesala a una copa muy linda. Sea como fuere, Toni Parker convirtió una suspensión para colocar las tablas (79-79). Un aroma trágico inundaba a un público entusiasta que llevaba años viviendo muchas victorias y momentos hermosos en ese parqué.

Los dados estaban en el aire y el deporte decidió ser increíblemente cruel con uno de los equipos de moda del planeta. En un ataque accidentado donde incluso tipos tan curtidos como Michael Finley casi perdieron el equilibrio, los Spurs lograron doblar la bola a Bruce Bowen. Desde la esquina, el duro marcador se tornó en una reencarnación de Paolo Rossi. El implacable pistolero que daba una ventaja leve que podía ser trascendental.

El resto se asemejó a una tragedia griega para los locales. Nash se marcharía con una leve melancolía cuando pasaba junto a un compañero tan aguerrido como Raja Bell, especialista en contención de los chicos de D’Antoni. “¿Perdimos? Peor para el fútbol” afirmó el “Doutor” Sócrates hacía mucho tiempo en Barcelona. Algo de ese regusto amargo estaba en hombres como Shawn Marion (24 tantos y 17 rebotes). Pocos les daban como hipotéticos vencedores tras perder a Diaw y Stoudemire, aunque demostraron gran coraje y resiliencia. Sea como fuere, un parco consuelo en aquellos instantes con un viaje inminente a la guarida de su temible oponente.

Tim Duncan buscó marcar el tono con dos feroces tapones a Kurt Thomas y al propio Nash. Amaré Stoudemire se había vuelto a vestir de corto y se movía como un león hambriento (38 puntos y 12 rebotes), si bien la misión se antojaba casi imposible. Quedaron algunas estampas de gloria: el playmaker Sun entrando frente a Duncan y Finley con una astuta maniobra que le permitió filtrar una asistencia para Stoudemire, feliz de machacar el aro adversario.

Ginóbili, un seguro de vida para El Álamo, volvió a colocarse el traje superheroico para elevarse con 33 puntos y 11 rebotes en una velada donde Toni Parker se mostró a la altura del endiablado ritmo de Nash, alcanzando también la treintena en su casillero personal y regalando 6 asistencias a sus camaradas. Después de tanta amargura y malestar, hubo una imagen edificante con el sentido abrazo que se dieron tanto Nash como Duncan con la bocina final. San Antonio volvía confirmar su dinastía, si bien Gregg Popovich avisó a los medios de la dura prueba sufrida: “Mike y su equipo y los jugadores de los Suns son increíblemente buenos… Francamente, voy a intentar descubrir cómo lo hicimos”.

El otro Tim

Pasamos de verle departiendo amigablemente con Kobe Bryant o Jason Kidd noche tras noche a verlo entre rejas. La carrera de Tim Donaghy no volvió a ser la misma tras aquel verano de 2007. Aunque David Stern y su eficaz gestión quisieron enterrar el espectro de las apuestas deportivas, el rumor siempre existió. El colegiado Donaghy lo confirmó cuando cayó en desgracia ante la ley. Y no era un elemento anecdótico en la NBA, había sido juez de choques muy importantes del campeonato… incluyendo el tercer duelo entre San Antonio y Phoenix en aquellas agónicas semifinales.

Conforme avanzaron las indagaciones del FBI y la posterior condena ante la justicia, la estrategia de Doanghy y Stern quedó clara en cuanto al uno contra el otro. El antiguo colegiado admitía sus pecados, pero como parte de un engranaje donde no solamente importaba el rendimiento deportivo. De acuerdo a su versión de los hechos, apuestas ilegales, favoritismo a las estrellas y franquicias con mayor mercado e incluso subjetividades personales hacían acto de aparición. Robert Sarver, el controvertido propietario de los Suns, figura pública de declaraciones desafortunadas en el mejor de los casos, era para Doanghy la clave que escondía el maltrato que sufrió el conjunto de los Suns en aquellas semifinales.

El Comisionado, hombre sumamente hábil frente al micrófono y en los despachos, nunca vaciló en afirmar que el testimonio de una persona judicialmente condenada debía ser puesto en cuarentena. Estaba claro que la NBA quería colocar a Donaghy como la manzana podrida de un cesto impoluto, la oveja negra que las mejores familias deben soportar de tanto en cuanto. Sea como fuere, una revisita al tercer enfrentamiento brinda algunas señalizaciones que fueron terriblemente desafortunadas para los visitantes.

La pesadilla eterna

En ocasiones, los proyectos ambiciosos toman una decisión que resulta insólita e incluso peligrosa para sus intereses. Todos los análisis coincidían en que los Phoenix Suns eliminados en 2007 disponían de un quinteto titular virtualmente insuperable en ataque. De cualquier modo, en febrero de 2008 tomaron la polémica decisión de incorporar a Shaquille O’Neal a su roster. El pívot, por aquel entonces en los Miami Heat, era uno de los mejores y más imparables centers de la historia, pero había dudas de que pudiera aguantar el veloz ritmo de Nash a sus 36 años. En su época angelina con Phil Jackson, la mastodóntica fuerza de la naturaleza poseía un sprint del que ya carecía.

Además, para hacerse con sus servicios hizo falta que se desprendieran de un jugador exterior como Marcus Banks y, especialmente, el impredecible alero Shawn Marion. El segundo era uno de los niños mimados del público, puesto que era una pieza muy singular dentro del engranaje atacante de su equipo: amaba la defensa. Tareas odiosas como marcar a Dirk Nowitzki suponían para él un fascinante reto. Además, gozaba de una personalidad a prueba de bomba. Debían de ser incontables los entrenadores y antiguos compañeros de pista que le ordenaron cambiar su nada ortodoxa mecánica de tiro.

No ganaría ningún concurso de estética, pero representaba máxima eficacia. Marion suponía un pegamento atípico en un proyecto tendente a descuidar lo que pasaba atrás. Solamente Raja Bell y él se preocupaban de esos detalles. De esa forma, los Suns arrancaron una recta final de campaña peligrosa, aunque el jovial carácter de O’Neal y las bromas de Nash alegraban al vestuario. Ya retirados, Shaq seguiría martirizando al bienhumorado Steve por sus dos distinciones como MVP, algo que encajaban mal un tipo con el ego de O’Neal.

Con la sexta plaza en su lado del cuadro, el equipo de Phoenix quedó obligado a volver a encarar a San Antonio, una dinastía que tenía el elixir de la eterna juventud. El primer partido entre los dos gallitos fue precioso, una oda al baloncesto. 101-104 a favor de los Suns en la prórroga abría las esperanzas de una revancha. La jugada de los Spurs pareció beneficiar a su oponente: balón a pocos segundos del final en las manos de Tim Duncan desde la línea de tres puntos. Uno de sus pocos puntos débiles. Como si fuera Dirk Nowitzki, el gigante amable de las Islas Vírgenes conectó un triple que aniquiló al completo las expectativas que le pudieran quedar a un conjunto que ya estaba en una extraña metamorfosis.

Serían eliminados en cinco partidos y parecía que ni siquiera el fichaje de viejos rockeros como Grant Hill hubiera mejorado el escenario.  

Clase, clase, clase

Phil Jackson sabía morder. Sin menoscabo de su condición como Maestro Zen del juego, nunca rehuía cruzar algunas reglas budistas para practicar juegos psicológicos con el adversario. Aquella postemporada del año 2010 no iba a ser diferente. Durante la primera ronda dejó patidifuso a Kevin Durant con unas declaraciones donde cuestionaba algunos aspectos de la joven y aclamada estrella de los Oklahoma City Thunder. Eso golpeó un tanto el ego de un futuro Hall of Fame que, además, tuvo que sufrir la medicina de un tipo duro como Ron Artest.

No era su primera víctima ilustre. Rick Adelman podía dar fe de lo ofensivo que podía ser Jackson sin necesidad de insultar abiertamente. A través de la película American Story X había ordenado a su staff preparar un montaje donde jugaba con un parecido nada razonable entre el vistoso estratega de los Sacramento Kings y el mismísimo Adolf Hitler. Por supuesto, los Suns no iban a ser una excepción a su faceta más provocadora.

Eligiendo el día en que todos los medios querían conocer sus impresiones en la batalla por el Far West contra Phoenix, el preparador de Los Ángeles Lakers afirmó sentirse preocupado por las infracciones que Steve Nash realizaba en la salida cada vez que le daban el balón. La provocación tardó poco en llegar al canadiense. Se esperaba o que el playmaker guardara silencio o respondiera airado, calentando un poco al ambiente y esperando un arbitraje justo.

“Nunca he escuchado ninguna crítica sobre cómo llevó la pelota. El mejor entrenador en la Liga, Gregg Popovich, nunca manifestó ningún problema la semana pasada”. Sutilmente, el alma de los Suns recordaba a Jackson a una de sus némesis, un contrincante con el que había protagonizado varias batallas y de los pocos nombres capaces de competir con su aura. “Gregg es un gran entrenador, sin duda”, terminaría admitiendo el antiguo mister de Michael Jordan, con la sonrisa resignada de quien ha tendido una buena trampa, pero la presa se le escapa mostrándole los colmillos.

En algún lugar, Popovich debió sorber con parsimonia un buen vaso de vino. Hacía nada había visto a Nash pulverizar a sus Spurs en el último cuarto del inesperado barrido durante las semifinales de 2010. El base lo hizo con problemas de visión tras sufrir un fortuito, pero feroz codazo de Tim Duncan durante un tiro a tabla del ala-pívot. “Le hemos dado muchos más puntos de sutura que estos. Creo que es un momento dulce para él. Es un tipo de clase, clase y clase”.

Bajo el estilo dulce frente a los micrófonos de Alvin Gentry como entrenador en jefe, nadie esperaba que los Suns del dos veces MVP dieran ese último recital. Contaban con antiguos vencedores de torneos de mates como Jason Richardson, además de un banquillo mejor que en anteriores ocasiones. Eso sí, el quinteto inicial era un pelín menos mágico. D’Antoni abandonó el navío en 2008, aunque llevó su gusto por el basket elegante a Houston.

Nada le sirvió a San Antonio en aquella ocasión. Nash y Stoudemire fueron una pareja dispuesta a meter a todos en una máquina del tiempo frenética y plagada de canastas memorables. Las deidades de la canasta permitieron redención ante sus usuales verdugos, aunque ellos soñaban con algo más.

Artest, el nuevo Bowen

Aguardaban Los Ángeles Lakers al final del camino en 2010. Popovich se había tirado de la barba desde el traspaso de Pau Gasol para dotar de equilibrio nuevamente al triángulo alrededor de Kobe Bryant. El Oeste volvía a ser un campo minado en Hollywood. Phoenix pronto se puso en problemas al perder los dos duelos en el Staples de forma clara en cada uno de ellos. No importó para el ánimo del público del U. S. Airways Center de Arizona, el cual disfrutó de una remontada dulce en su propio feudo, limitando a los de púrpura y oro como no les había ocurrido desde su duelo frente a Durant y sus Thunder en su arena.

Sin inventar la pólvora, los pupilos de Alvin Gentry supieron ejecutar con habilidad la defensa zonal, se olvidaron de obsesionarse con Bryant y los acribillaron con 41 tantos en el segundo cuarto. La prensa especializada elogió sobremanera el papel de los reservas locales, sobresaliendo el brasileño Leandro Barbosa. Stoudemire y sus 21 puntos en su casillero también tuvieron focos, pero Nash, tal vez, logró algo más importante.

Recién operado de la rotura de su tabique nasal, volvió a salir dispuesto a comandar la nave. Derek Fisher, quien podía dar fe de la deportividad que exhibía su rival en la cancha, terminaría comparándolo con John Stockton, aquel hombre orquesta de Utah al que tuvo que sufrir a finales de la década de los noventa del pasado siglo. Con 8 asistencias, el doble MVP de la NBA no tuvo su noche en el lanzamiento, aunque se las ingenió para forzar faltas personales y penalizar desde las líneas de tiros libres.

El quinto duelo en California estaba marcado para que las canastas sagradas devolvieran una parte de lo mucho que aquel proyecto había dado a la NBA. Era el momento bisagra para conseguir el billete a Boston para luchar por el anillo. Por momentos, Gasol y Bynum parecían incontenibles, pero el último cuarto fue pura magia de Arizona. El espectro de Tim Thomas (el hombre que impidió el triunfo de púrpura y oro en 2006) se apareció cunado Jason Richardson colocó un triple agónico que llevaba el duelo a la prórroga. La excitación de los visitantes parecía la antesala a una retribución divina de los muchos regalos que hicieron.

No pudo ser. Defendieron al mejor (Kobe Bryant), si bien la caprichosa pelota quiso bendecir a Artest, hacía nada criticado por su cuerpo técnico por una mala decisión. El milagro se consumó… para el otro bando. En Arizona ejecutó Bryant y hasta veríamos a Nash tomando, un tiempo después, tomando la extraña decisión de ir a los Lakers para reeditar los Cuatro Fantásticos (con Dwight Howard) con mucho peor rendimiento que en la época de Bryant-O’Neal-Payton y Malone.

Sin embargo, ese nunca fue el auténtico legado de los Suns.

¿Dónde estabas aquella noche?

Había terminado una larga noche en la tierra de Tony Soprano. Estábamos en el último mes de un 2006 que agotaba las hojas del calendario y los New Jersey Nets no tenían nada que reprocharse. Habían honrado la máxima de Bill Russell, salir en cualquier encuentro dispuestos a devolver el precio de la entrada a su afición. Jason Kidd, el maestro del triple-doble en aquella NBA, elevó a los suyos para que los anfitriones alcanzaran la cifra de 157 tantos tras dos prórrogas.

Irónicamente, no habían vencido. Mike D’Antoni, elegante en la sala de prensa, sugirió olvidar a todas las personas presentes el resultado y correr a casa para volver a ver el encuentro. El técnico de Phoenix había visto a sus pupilos firmar 161 tantos en una noche deliciosa donde Nash aceptó el guante de Kidd en una batalla deportiva para el recuerdo. En sentido estricto, aquel enfrentamiento no servía para dirimir ningún título o acceso a la siguiente ronda… ¿y qué importaba aquello cuando se elevaba anotar frente a una canasta a la categoría de arte?

Si rastreamos en la videoteca de los transgresores Suns, lo estético primó sobre el utilitarismo. Otra velada memorable llegó durante los idus de marzo de 2007. Los Mavs de Avery Johnson estaban marcando un ritmo agotador de victorias en la NBA. Solamente los Suns parecían capaces de rastrear su recorrido sin quedarse con la lengua fuera. Aquel enfrentamiento tampoco dirimió nada real (ninguno de los dos jugaría siquiera la Final del Oeste para la que parecían destinados), pero tuvo dos prórrogas de infarto para Jason Terry y compañía. Entre Nash y Stoudemire sumaron 73 puntos que terminaron enmudeciendo al American Airlines Arena de Dallas por un resultado mágico de 127 a 129, quedando para el recuerdo la cara de pocos amigos de Mark Cuban cada vez que el canadiense daba un recital en su antigua ciudad.

Los días posteriores resultó frecuente el chiste de que el Comisionado David Stern debía aplicar una normativa que impusiera un formato del mejor a catorce partidos si Dallas y Phoenix se disputaban el trono del Oeste. Hasta tal punto se disfrutaba de ver a ambos conjuntos en una cancha por sus propuestas valientes y plagadas de creatividad. El propio Nowtizki reconocía que, debido a su calidad, su gran amigo Nash tenía en sus manos la pelota en muchas ocasiones, acomodando al ala-pívot. Vivir sin él en la pista había obligado al teutón a evolucionar hacia ser un indiscutible MVP, capaz incluso de subir a toda pista ante presiones feroces.  

No debe pensar la persona lectora que carecieron de recitales en Playoffs. Especialmente memorable fue el sexto día en el Staples en la primera ronda de 2006. Normalmente, Los Ángeles Lakers desestructurados tras el terremoto de los Pistons (2004) habrían tenido pocas opciones contra la escuadra de Mike D’Antoni, pero la eliminatoria estaba mucho más pareja de lo que parecía por la lesión de Stoudemire, obligado a ver un angustioso thriller con traje de civil.

Con la posibilidad de rematar la serie frente a Jack Nicholson y sus otros incondicionales, Kobe Bryant se disparó a los 50 puntos en una batalla agonística que tuvo tiempo extra. El parqué con más glamour pudo disfrutar de dos jugadores que se habían disputado el MVP y con filosofías tan diferentes como complementarias. Bryant lideraba con el ejemplo y sus dagas desde cualquier punto de la cancha, electrizando a la grada y poniendo a sus compañeros de equipo a su servicio. Nash, con calma y parsimonia, iba dibujando los huecos para picar pases que superasen las manos de gente como Kwame Brown o Lamar Odom.

Esos son los recuerdos imborrables de una filosofía que luego quedaría impregnada en los Golden State Warriors de Steve Kerr. Resultó una bendición incluso ver a antiguos integrantes como Barbosa dando sus últimas lecciones, mientras que Zaza Pachulia se tornaría en el Bruce Bowen particular de una escuadra tan bonita de ver como los Suns, aunque con un punto más de colmillo y otro tanto de esa Fortuna que resultó esquiva en los días de D’Antoni.

Da igual. Ver repetido cualquiera de sus encuentros se sostiene como una experiencia gourmet de la NBA. Independientemente de qué estuviera (o no) en juego). Los Phoenix Suns se erigieron en discípulos de Kipling, tratando a las victorias y derrotas como las viles impostoras que siempre escondieron en sus máscaras.

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