Según las estadísticas del artículo “How (and why) athletes go broke” de Sports Illustrated, de marzo de 2009, el cual inspiró el famoso documental “Broke: estrellas en la ruina” producido por ESPN, el 60% de los jugadores NBA se ven arruinados cinco años después de su retirada. Una vez el baloncesto se acaba, con él lo hacen también las ingentes cantidades de dinero, lujos y todo tipo de privilegios que le acompañaban. Cómo no, también desaparecen agentes, asesores financieros y todas aquellas simpáticas compañías, especializadas en dar consejos que nadie pide, atraídas por el verde que asoma del bolsillo.

La estrella se apaga y el jugador está solo.

Fruto podrido de unas malas educación y formación, y aún a una edad relativamente joven, el sujeto en cuestión se encuentra con ¿35? años y en soledad para afrontar lo desconocido: la vida real. Porque el estereotipo es real. La vasta mayoría de jugadores de la NBA, especialmente afroamericanos, procede de infancias realmente duras, con una rutina que convierte la delincuencia en normalidad y la penuria en costumbre. Su talento y/o cualidades físicas no han sido óbice para que un difícil acceso a una educación de calidad les haya permitido acceder al profesionalismo deportivo. Pero pasan de no tener nada a tenerlo todo. Y del todo a la nada de nuevo. Sin capacidad de autogestión encontrada en ningún punto del camino.

No es el caso de Desmond Mason.

Artista que juega al baloncesto

Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Oklahoma State, el otrora rey de los cielos NBA siempre luchó contra el estereotipo de chico tonto que acompaña al deportista. Frecuente voluntario para acudir a las escuelas para dar charlas a los niños, siempre ha hecho hincapié en la necesidad de tener una educación y un futuro labrado, porque “no llegar a la NBA es una posibilidad”. Como lo es, seguro, que no es para siempre.

Quedarse en el camino es una posibilidad real y de alta probabilidad, pero no sólo hay que estar preparado para ello, sino también para la vida posterior a la NBA. Mason, que percibió más de 37 millones de dólares en salarios durante su carrera por sus servicios como jugador de baloncesto, no habría necesitado de ninguna actividad remunerada en su vida para, cuando a los 32 años decidió colgar las botas, pasar el resto de sus días sin pecuniario problema alguno.

Pero la necesidad no era económica, sino vital. Ahora era posible hacer del arte su principal ocupación. De hecho, la pintura nunca fue el plan B, sino el A. Y es que, a pesar de su físico de atleta y su indudable capacidad para dar el salto al baloncesto profesional, no fue hasta su año senior en el college cuando se consideró a sí mismo con posibilidades de jugar en la NBA. Hasta entonces, “sólo jugaba por diversión”, como reconocía al periodista John Nemo diez años atrás, en 2006. “Tampoco tuve nunca a nadie que me dijera que podía ir a la NBA en mi año sophomore o junior”. Incluso a veces llegaba a tomarla injustamente contra el baloncesto, ya que debido a sus estudios a veces debía realizar trabajos o proyectos con material que no podía cargar en los viajes NCAA, y a los que simplemente tampoco podía dedicar el tiempo que merecían, o que él quería dar, debido a sus compromisos con el equipo entrenado por Eddie Sutton.

Pero sus promedios de 18 puntos y 6’6 rebotes por partido, con una considerable subida de porcentajes de lanzamientos hasta el 50% en tiros de campo y el 43% en triples, bien llamaron la atención de los scouts NBA, siendo seleccionado en la 17ª posición del Draft del año 2000 por los románticos SuperSonics. Seattle, lluviosa ciudad del noroeste americano con la tasa más alta del país en suicidios y depresiones, el lugar idóneo para un artista.

Y lo fue. En su año rookie llamó la atención de todo el mundo ganando el concurso de mates del All-Star Weekend de Washington 2001, donde no encontró rival, y en su año sophomore multiplicó todas sus estadísticas personales hasta unos 12’4 puntos y 4’7 rebotes por partido en 32’3 minutos que le permitieron finalizar como quinto y duodécimo en las votaciones por mejor sexto hombre y jugador más mejorado de la temporada, respectivamente. Además, 2002 fue el año en que empezó a realizar pequeñas exposiciones privadas de sus obras para amigos, conocidos y gente del arte en Seattle.

Desmond Mason

Foto: Tumblr Desmond Mason

No quedó ahí la progresión, y aunque sus prestaciones seguían in crescendo, así como su importancia en la plantilla Sonic, ganándose la titularidad de Nate McMillan la siguiente temporada, sería traspasado a mitad de curso junto a un Gary Payton algo de vuelta a los Milwaukee Bucks, como moneda de cambio necesaria para que los del estado de Washington se hicieran con la superestrella Ray Allen.

Prime expresionista

No hay mal que por bien no venga, y Milwaukee no sólo sería el lugar donde Mason desplegase su mejor baloncesto, sino también una ciudad que, si bien no es de las primeras del país en cuanto a oferta cultural, sí resultó ser un lugar donde nuestro artista encajó a la perfección.

Su licenciatura en Arte no era regalo otorgado a la estrella del equipo de la universidad que luego se irá a jugar a la NBA, sino el resultado de una pasión. Mason no había elegido Historia del Arte como quien elige el color de una camisa, sino que buscaba formación para la pasión a que pensaba volcar su vida –no se consideraría a sí mismo con posibilidades de hacer carrera en la NBA hasta su último año universitario, recuerden-. Así, tantas horas de dedicación entre entrenamientos, partidos y viajes, empezaban a encontrar premio: Mason expondría por primera vez en la galería Bresler Eitel Art de Milwaukee.

Bill Gray, propietario de la galería, quedó realmente satisfecho con el resultado, y honrado por ser el primero en darle la oportunidad. “Tenía una gran variedad, desde cuadros pequeños a otros que variaban de dos metros y medio o incluso más de tres, que nosotros diseñamos y mandamos hacer para él. Tuvimos una respuesta muy positiva”. Aquella primera muestra constaba de alrededor de veinte cuadros, número que ha ido creciendo con el paso del tiempo, como así su prestigio, llegando a exponer su colección ‘I am Art’ en New York y siendo gerente de su propia galería de arte en la actualidad en Oklahoma City.

Apasionado de las obras legadas por el Renacimiento italiano, siempre tuvo en Miguel Ángel Buonarroti su artista favorito. No sería hasta estos primeros contactos con el arte más profesionalizado cuando se introdujese de lleno en otros estilos con los que antes sólo coqueteaba, quedando fascinado por el expresionismo abstracto de Mark Rothko y sobre todo de Jackson Pollock, por quien se vería fuertemente influenciado debido a su peculiar estilo de creación artística a partir de salpicaduras de pintura, método favorito de Mason en sus obras más coloridas.

El interés por Pollock, su gran referente, le llegaría a partir de la película homónima del artista, que supuso un vuelco total al estilo de Mason, pasando del realismo al expresionismo abstracto. “Me fui corriendo a comprar un rollo de tela y pintura antes de cambiar toda mi base. Estuve pintando durante tres horas maravillado por el cambio del realismo en blanco y negro a la pintura abstracta a escala masiva”.

Además, su aclimatación a la Beer City era perfecta. De gran conciencia social, Mason era siempre ese primer voluntario de la plantilla Buck que se ofrecía en las labores de servicios comunitarios, como visitar escuelas para divulgar la lectura entre los niños, servir comida en los comedores sociales y todo tipo de actividades que enorgullecían a su madre y a David Stern. Gray, su galerista, asimismo revelaba de Mason que “le gusta regalar muchas de sus pinturas a obras de caridad locales, lo que creo que es muy de agradecer por su parte”.

También sentó como un guante al engranaje de George Karl, para quien mereció un puesto de titular desde su misma llegada. No logró esa misma confianza por parte de Terry Porter, sustituto del exentrenador del Real Madrid en la temporada 2003/04, pero se mantuvo como pieza clave del equipo con más de treinta minutos por encuentro para 14’4 puntos de media cada noche, devolviéndole a las votaciones por mejor sexto hombre de la liga, en que finalizaba, precisamente, sexto.

Con 27 años de edad estaba en ese oficioso perfecto momento en la carrera de un deportista, cuando mente y cuerpo encuentran mayor entendimiento: lo que antes daban las piernas, no lo daba la cabeza; y para lo que luego procese la mente, el cuerpo no estará preparado.

Desmond Mason

Foto: Tumblr Desmond Mason

Así, con la temporada 2004/05 llegaría la mejor versión de Desmond Mason. Del jugador, que no de su equipo. En un catatónico curso para los de Wisconsin, Mason se había convertido en un oasis en medio del desierto, y sus 17’2 puntos por partido –máxima de carrera- se habían convertido en lo poco potable del escuadrón de Porter, que finalizaba antepenúltimo de la Conferencia Este con 30 victorias y 52 derrotas.

Los Bucks, que parecían recuperarse de los años del big three Cassell – Allen – Robinson que a poco estuvieron de colarse en las Finales de la NBA, se la habían pegado. Después de arañar los Playoffs durante dos años seguidos como clase media-alta del Este, 30 victorias en el zurrón eran inadmisibles. Sin embargo, el tankeo ofreció a la franquicia de Wisconsin la primera elección del Draft de 2005 -¿el peor del siglo XXI?-, empleada en un Andrew Bogut que había convencido más a los scouts NBA que Deron Williams, Chris Paul o… bueno, mejor no dar más nombres. Además, Larry Harris se había movido hábilmente en la gerencia libre y le arrebataba los Clippers al jugador más mejorada de la temporada, Bobby Simmons, y, más importante, lograba la renovación de Michael Redd, estrella del equipo y ahora con estatus de All-Star.

Aquel verano sería en el que Mason conocería España, como estrella NBA invitada al Campus Costa del Sol patrocinado por Bancaja, en Málaga. Allí sería recordado por su gran humanidad, saltándose incluso el guión de horas permitidas para fotos y autógrafos para charlar y departir con los jóvenes campistas. “Debí haber prestado más atención a mi profesora de español en el instituto”, bromeaba al respecto.

Milwaukee, no para siempre la cuna del artista

Pintaba bien para Mason y los Bucks la nueva temporada. No sólo era valor activo de una de las ciudades más grandes de Estados Unidos, sino que estaba en el mejor momento de su carrera y había adquirido sobradamente, y por derecho propio, galones en el vestuario y la franquicia. Y, a diferencia de años anteriores, su equipo volvía a apuntar alto. Pero poco antes de que se lanzara el primer balón al aire, jarro de agua fría. Desmond Mason era traspasado junto a una elección de primera ronda de Draft a los Hornets a cambio del infame Jamaal Magloire, siete pies por siempre recordado por declarar en el All-Star de Los Ángeles 2004 –en el que compartió debut con Redd- que de lo único que estaba seguro era de que “este no ha sido mi último All-Star”. Erótico resultado.

Creyó haber echado raíces en Milwaukee. Incluso había adquirido en propiedad –y no en alquiler, como es habitual entre la clase media NBA- una casa acomodada y adaptada perfectamente para dar rienda suelta a su pasión por la pintura. “No me moveré de aquí en al menos unos cuantos años”, pensaría el bueno de Mason, y con lógica, tras haber firmado una extensión de contrato –con su pertinente aumento económico- el verano pasado. Tarde o temprano, todo jugador NBA acaba probando con dureza lo deshumano de ser mercancía antes que persona en la mejor liga de baloncesto del mundo.

Que te traspasaran a los Hornets post-Baron Davis, que habían cambiado Conferencia Este por Oeste recientemente y que se mudaban al forzoso refugio de la aburrida Oklahoma City tras New Orleans ser devastada por el huracán Katrina, no era lo mejor que te podía pasar si eras jugador de la NBA. Sin embargo, para Mason era volver a casa. Aunque nacido en la pequeña ciudad texana de Waxahachie –has leído dos veces-, sus cuatro años en la universidad estatal de Oklahoma habían dado para mucho. Tanto, que en la actualidad tiene allí establecida su residencia.

Se convertiría en uno de los primeros veteranos de quien tomar ejemplo el poco amigo de los españoles Chris Paul, mejor rookie de la temporada en unos Hornets que se quedaron a seis partidos de la postemporada en un año que muchos esperaban que se pudriesen en los más hondo del salvaje Oeste.

Hombre inteligente, Mason supo adaptarse no sólo a cada equipo para el que jugó, sino también a la vida social de ciudades tan variopintas como Seattle, Milwaukee u Oklahoma City. Pero, de algún modo, ahora estaba en casa, y su vena artística encontraba liberación más allá del lienzo, tomando el desvío de la música. Los sorprendentes Hornets de la 2005/06 apuntaban ahora más en la siguiente temporada, sobre todo con adiciones tan ambiciosas como las de los ex Kings Peja Stojakovic y Bobby Jackson.

Pero algo no funcionaba como debía esperarse. En la Navidad de 2006, los Hornets llegaron a sumar doce derrotas en catorce partidos. Hacía falta aupar el ánimo, levantar la moral. En pleno viaje de autobús, Mason, medio recostado en la parte trasera del autobús dándole vueltas a la cabeza, buscaba revulsivos que acabaran con aquellas caras de funeral. Por suerte, siempre llevaba consigo una libreta donde anotar sus pensamientos e inquietudes. Empezó a salir un rap. Brandon Bass le servía de juez, y parto de unos cuantos trayectos más en autobús y avión, salió ‘We dem Hornets’, que incluso llegó a grabar en estudio, una canción en la que destacaba el futuro de Paul, el tiro de Stojakovic, el liderazgo de Jackson o la energía positiva de Bass, entre otras cualidades de sus compañeros.

Desmond Mason

Esto ya lo he vivido

No es que aquellos Hornets terminaran la temporada maravillando, pero sí se puede decir que los abejorros alzaron algo el vuelo, mandando al registro una segunda mitad de temporada con más victorias que derrotas. Pero finalizaba la temporada, volvía a ser agente libre y, por tanto, soberano a la hora de elegir su nuevo viejo destino: Milwaukee. Le dolió ser movido aparte poco antes de una temporada tan ilusionante cuando estaba tan involucrado en la vida social de la ciudad, pero precisamente eso –y lo que los Bucks le ofrecían baloncestísticamente, claro- le empujó a volver.

Sin embargo, los problemas físicos aparecieron por primera vez para un jugador que dependía tanto de su explosividad. Sus prestaciones deportivas iban en descenso, y el equilibrio entre lo que ofrecía dentro y fuera de la pista tornaba en descompensación, por lo que los Bucks decidieron romperle nuevamente el corazón en forma de traspaso, pero volviendo nuevamente a casa, Oklahoma City, donde ya no jugaban los Hornets, que estaban de vuelta en New Orleans, sino los Thunder. Es decir, sus Sonics, que llegaban aquel verano de 2008 de mudanza procedentes de Seattle.

Favorito de la afición, Mason había encontrado otro motivo para sonreír tras el desdén Buck. Estaba de vuelta en la ciudad donde empezó a desarrollar su pasión por la pintura y lo hacía con un rol de veterano para servir de ejemplo al sophomore Kevin Durant y al rookie Russell Westbrook. Todo empezó bien, y pese a empezar la temporada como suplente encadenó 19 partidos como titular… hasta que el infortunio llegó de nuevo en forma de lesión, esta vez no de las que paras un poco y sigues con más fuerza. La rodilla le obligaba a someterse a una artroscopia, y decía adiós a la temporada. “The heart and soul of the Thunder has been lost for the season”, comenzaba la noticia de ‘The Oklahoman’ que confirmaba el mal augurio. Sí, Mason era de los suyos.

Llegado el verano, tocaba hablar de contratos. Pero no hubo acuerdo. Aunque tanto Sam Presti, general manager de los Thunder, como Rogert Montgomery, agente de Desmond Mason, rechazaron haber encontrado desacuerdo en la parte económica de la negociación, el problema parecía de rol. En aquel equipo, con más de 30 años parecías ser viejo, y Mason, al igual que otros como Etan Thomas, Earl Watson, Damien Wilkins o Chucky Atkins, recibió la misma respuesta: “no encontramos un rol para ti”.

Despechado y pendiente de una sólida recuperación, pocos fueron los equipos NBA que reclamaron sus servicios, pese a que sólo contaba con 31 años. Los Kings post-Artest y pre-Cousins fueron el destino, donde llegó a coincidir con Andrés Nocioni y Sergio Rodríguez, aunque por poco tiempo, ya que cinco partidos después de iniciada la temporada regular y unos pobres números era cortado. No volvería a vestirse de corto en la NBA. De aquellos Kings Nocioni llegaría a decir que “si Chicago es una banda, Sacramento son dos bandas”. No parecía el lugar idóneo para un artista.

Un plan A que funciona

Así pues, vuelta a Oklahoma. Pero no para jugar al baloncesto. Eso lo hacía por diversión, y probablemente hacía unos dos años que había dejado de serlo. Ahora había sueños que cumplir, como crear su propio estudio y una galería de arte donde formar una colección de obras. Objetivo cumplido.

Con la vida centrada en su familia y en la pintura, Desmond Mason vive diez años después de su prime baloncestística su prime artística. Su galería de Oklahoma City es cada vez más visitada y reconocida, dando a la ciudad del Medio Oeste un interés cultural del que no podía antes presumir. 2015 fue el año de su meteórico despegue, tras lograr exponer su arte en galerías del barrio de Chelsea, en New York, y otras grandes ciudades como Miami o Chicago, entre otras.

Siempre pintó, desde niño, para “ver todo desde otra perspectiva. Expreso mis sentimientos sobre un lienzo. Me hace desconectar, me devuelve a la tierra”. También era su vía de escape ante las drogas y violencia que asolaban su barrio en la infancia. Ahora, además, lo hace para George Clooney –vecino suyo en su casa de vacaciones de Cabo San Lucas, México-, Howard Schultz (CEO de Starbucks), el beisbolista Álex Rodríguez y demás empresarios millonarios como David Gupta, un hombre de negocios de Chicago que ha comprado un cuadro suyo por valor de 60.000 dólares.

También es poseedor de una de sus obras el excomisionado de la NBA, David Stern, que en la visita de Mason a New York que cambió su carrera como artista mostró mucho interés en conocer más acerca de su obra. De manera algo más modesta, adquirió una por 500 dólares. Claro que, en su caso, fue un precio simbólico, ya que Mason pretendió regalársela pero el antiguo mandamás insistió en pagar –tal vez lo que llevaba suelto en la cartera-.

Desmond Mason siempre mantuvo una obsesión: acabar con el estereotipo de chico tonto que acompaña al deportista, especialmente al afroamericano. Con su arte busca tirar por tierra prejuicios, y entiende que “la pintura y el baloncesto pueden ir de la mano para hacer un cambio en la sociedad”. Este lado reivindicativo es el que ha llamado también la atención de Carmelo Anthony, tal vez el jugador NBA de mayor pronunciado activismo, que ha querido contar con él para su proyecto ‘This is Melo’, a partir del que busca combatir racismo, pobreza y demás desigualdades sociales, dando voz a personalidades como Mason y otros famosos en busca de cambio.

Desmond Mason ganó un concurso de mates de la NBA. Jugó con promedios superiores a las dobles figuras en anotación durante diez temporadas en la mejor liga del mundo. Ganó más de 37 millones de dólares jugando al baloncesto.

Pero su sueño lo está viviendo ahora. Un heredero de Jackson Pollock de dos metros de altura, piel negra y una reivindicación constante de la que ser voz a partir de un lienzo.

“Algunas personas pintan para crear, pero yo pinto para vivir”.

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Desmond Mason

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