Los albores de esta historia comienzan en 1936, en una Europa donde ya se presagiaba una guerra que daría comienzo tres años después. Dos jóvenes carpinteros italianos procedentes de Brianza viajaron hacia Berlín para asistir a los XI Juegos Olímpicos de la era moderna. Allí, en pleno mes de agosto, se encontraron con un folleto que enumeraba y explicaba el reglamento de un nuevo juego llegado de EE.UU solo unos años antes y que sería, por primera vez, deporte oficial en la capital alemana. Al regresar a Italia los jóvenes, atraídos por aquel deporte, comenzaron a practicarlo de inmediato, sirviéndose para ello de sillas perforadas en su asiento y colgadas de las paredes a modo de canastas. ¿El lugar? Cantú, una pequeña localidad en plena Lombardía, donde sus cerca de 30.000 habitantes vivían tranquilamente dedicados, en su mayoría, a la industria del mueble y del encaje. Más de 80 años después solamente el Real Madrid posee más títulos europeos que el Pallacanestro Cantú, orgullo de una pequeña ciudad y uno de los exponentes del dominio del baloncesto italiano durante las décadas de los 70 y 80.

Mario Broggi y Angiolino Polli fueron los encargados de llevar el pallacanestro a Cantú, un deporte prácticamente desconocido en Europa a finales de los años 30. Sería el propio Broggi quien trazaría las lineas de la primera pista en el patio situado en el interior del colegio de las Hermanas Sacramentinas, en pleno centro de la ciudad. Muchos eran los días de invierno cuando Broggi, Polli y los demás tenían que retirar los centímetros de nieve acumulados para poder practicar aquel deporte. En 1940, recién comenzada la II Guerra Mundial, el club adquiere el nombre de Opera Nazionale Dopolavoro Cantú y empieza a labrarse su historia en el país, con nombres como Peppino Borghi, Attilio Molteni o Vittorio Sgariboldi. Su primer gran éxito llegará en 1942, logrando la Copa Bruno Mussollini, nombrada así en honor del tercer hijo de Benito Mussolini, fallecido un año antes en accidente de aviación. Al frente se encontraba Luigi Cicoria, el primer gran entrenador en la historia canturina, quien se mantendría en el cargo hasta 1949, trayendo consigo jugadores de la vecina Milán y fundamentos tácticos que nunca antes se habían visto en la ciudad.

“Sí Cantú es sinónimo de baloncesto, también se lo debemos a él”, recordaba Carlo Lietti, otra de las primeras figuras de aquella joven formación. “Cuando llegó, el baloncesto en Cantú era muy primitivo, mientras que él ya estaba preparado técnicamente y, gracias a sus enseñanzas, este deporte arraigó en Cantú y no en otra ciudad. Antes de él no teníamos un verdadero entrenador”. Hoy, el nombre de Cicoria figura junto al resto de ilustres canturinos en la Piazza delle Stelle, un espacio rehabilitado que Cantú dedica a los mitos del baloncesto de la ciudad. Cicoria también dejaría para la posteridad su famosa frase “Te como el hígado”, dirigida a aquel jugador que cometía un error durante el partido y que, años después, muchos de los entrenadores del club seguían usando para motivar a sus jugadores.

En los duros años de la posguerra el equipo ya se ha trasladado a Piazza Parini para disputar sus partidos, con las líneas dibujadas en el cemento y gradas de madera para acomodar al público. En 1956 la Federación cubriría la cancha con una estructura prefabricada y las gradas de madera fueron reemplazadas por hormigón. Pronto se convirtió en una de las mejores canchas de Lombardía, especialmente en los partidos de máxima rivalidad ante Milán y Varese, donde los 2.000 espectadores podían practicamente tocar a los jugadores.

Cantú comienza a hacerse un nombre en el baloncesto nacional a partir de 1953, cuando el club alcanza la Serie B y, sobre todo, a partir del año siguiente, cuando alcanza la máxima categoría por primera vez, liderado por Lino Cappelletti, posiblemente la primera gran estrella del club y el primero en ser internacional con Italia. Base explosivo y gran penetrador a canasta,  logró 45 puntos ante Suecia en 1956, récord de anotación de la azzurra, roto 31 años después por otro mito de Cantú, Antonello Riva. Son años donde llega el primer patrocinador y el equipo logra mantener una estabilidad en la principal categoría, acabando el 4º o 5º clasificado en un campeonato que incluye 12 equipos.

El primer éxito del club llegaría en la temporada 68-69, con la consecución de la primera Liga, la ciudad más pequeña en conseguirlo. En el banquillo ya estaba Borislav Stankovic quien había sido reclutado por Ettore Casella, presidente del equipo, tras sus éxitos en el OKK de Belgrado. Con la firma Orasonda como patrocinador, Stankovic determinó rejuvenecer el equipo, apostando por el joven Carlo Recalcati y el argentino Carlos D´Aquila en el juego exterior y por tres jugadores interiores de más de dos metros que conformarían el mítico “muro de Cantú”: Bob Burgess, Alberto De Simone y Alberto Merlati. El 7 de abril de 1968 no cabía nadie más en el viejo Palazzetto Parini para recibir a la Simmenthal de Milán en el partido crucial por el campeonato. La victoria canturina por 71-58 suponía la llegada a la élite del baloncesto italiano de un club llamado a hacer historia.

Solamente un año después, un joven de apenas 17 años debutaba en la escuadra canturina, iniciando la época más dorada del equipo y la suya propia, la de un jugador que iba a labrarse una de las carreras más espléndidas del baloncesto continental. Hablar de Pierluigi Marzorati es hablar de la combinación perfecta de clase y dedicación para el juego. Detrás de un cuerpo delgado, de aparente fragilidad, con apenas 1.87 metros de altura, se encontraba un jugador con una gran técnica y una visión de juego exquisita, capaz de elevarse por encima del resto de los jugadores que le esperaban para taponar sus contraataques fugaces. Un jugador capaz de anotar 20 o 25 puntos en un partido o quedarse en tan solo 2 al siguiente, pero repartiendo asistencias y controlando el ritmo del juego en todo momento. Su habilidad y mentalidad le permitieron ganar todo con Cantú, formando una dupla fantástica en sus inicios con Recalcati como compañero y manteniéndose en el club de su vida durante 22 años (es el único jugador capaz de haber jugado baloncesto profesional en cinco décadas diferentes).

Su pasión por el baloncesto la fue cultivando jugando primero en el campo de piedra del Oratorio de San Michele y, más tarde, cuando continuó sus estudios cerca de Parini, la cancha donde el equipo jugaba sus partidos como local. “Ver a los jugadores en la cancha de Parini me hizo darme cuenta de que ese era mi camino, ese era mi deporte”. Entre entrenamientos y partidos en sus primeros años, tuvo tiempo de obtener el título en Ingeniería Civil en la Universidad de Milán, de ahí su apodo de “ingeniero volador”: ingeniero por sus estudios y volador por su manera de jugar, con movimientos llenos de electricidad. Flavio Tranquillo, conocido periodista italiano, llegó a decir de él que “mientras los demás jugaban al baloncesto, él volaba”.

Tras su llegada, muchos buenos jugadores extranjeros llegarían al club, pero fue la fórmula Marzorati-Recalcati, junto a otros buenos jugadores italianos, lo que permitió a la pequeña Cantú instaurarse como un club de referencia en Italia y conseguir sus primeros títulos continentales. En aquellos años 70, mientras Varese encadenaba finales de Copa de Europa, Cantú enlazaba finales de las otras competiciones continentales al ritmo que marcaba Marzorati y bajo el amparo económico de la casa Forst, uno de los patrocinadores más recordados en Cantú. Su primer éxito internacional llegaría en 1973 con la primera Korac ante el Maes Pils belga, teniendo a Recalcati y a Bill Drozdiak como principales artífices. Un año después lograrían revalidar el título ante el Partizán de Belgrado, para alcanzar la tercera consecutiva en 1975 ante el Barcelona.

Es la época de Aldo Allievi en la presidencia, de Arnaldo Taurisano en el banquillo y de Raffaele Morbelli como director deportivo. La Cantú de Marzorati, Recalcati, Farina, Tombolato, Beretta, Meneghel y Bob Lienhard, quienes logran un 1975 perfecto, con la segunda Liga de su historia y la victoria en una Copa Intercontinental celebrada a caballo entre Varese y Cantú, imponiéndose en una liguilla al Amazonas Franca brasileño, a sus vecinos varesinos y al Real Madrid. Para Marzorati, el éxito en aquellos años radicaba en la organización del club. “El sistema lo era todo. Para ganar, un gran club no necesita solo dinero, sino también una sólida administración. Primero debe haber un presidente, luego un director general y, finalmente, un entrenador. Ninguno de los tres debe interferir en el trabajo de los otros dos. Cuando Aldo Allievi se hizo cargo del equipo, su éxito se dio gracias a la asociación con Lello Morbelli y con los entrenadores Taurisano y Bianchini”.

Marzo de 1977 inaugura el dominio de Cantú en otra competición continental, la Recopa, derrotando en Mallorca al Radnicki de Belgrado, que contaba en sus filas con Milun Marovic y Srecko Jaric (padre de Marko) tras un apretado 87-86. Hart Wingo dará paso como extranjero a John “Crazy Horse” Neumann y la casa Forst a otra firma mítica en el club: Gabetti. Cantú jugará otras cuatro finales de Recopa, perdiendo solo la de 1980 ante Varese. En el camino, la temporada 78-79 acaba con una parte de la mejor historia de Cantú. Tras ser eliminados sorprendentemente por el modesto Arrigoni Rieti en la primera ronda de los playoffs, Arnaldo Taurisano es destituido como entrenador tras 15 años en la entidad, y dos emblemas del club como Recalcati y Della Fiori también hacen las maletas. Tampoco sigue Johnny Neumann, responsable de la victoria canturina en aquella Recopa con 22 puntos. Idolatrado por los aficionados debido a su amplio repertorio en puntos y asistencias, queda como anécdota la leyenda de que varios aficionados canturinos no quisieron renovar su abono al saber su marcha, marchándose a animar a la Billy de Milán, gran rival de los canturinos, como señal de protesta. El club no echaría en falta la ausencia de Neumann desde entonces pues su relevo estaba en la misma cantera.

“Nembo Kid” o “Bomber” fueron los apodos por los que fue conocido Antonello Riva a lo largo de toda su carrera. Con tan solo 16 años ya había hecho su debut con el primer equipo, formando parte de la plantilla campeona de la Recopa en 1978 y 1979, aunque sin llegar a participar en ninguno de los dos choques. Su punto de inflexión fue aquel verano de 1979, en el Mundial Juvenil celebrado en Brasil, donde empezó a mostrar los primeros destellos de su calidad junto a compañeros como Walter Magnifico o Ario Costa. Fue el inicio de una brillante carrera en el equipo nacional italiano, cuya camiseta lució 213 veces, anotando 3.795 puntos, muy lejos del segundo máximo anotador histórico, Dino Meneghin.

Hablar de Riva es hablar de un talento natural para la anotación pero también de un gran potencial físico para un jugador de 1.96 metros de altura, un físico que le permitía fajarse por los rebotes en el juego interior y que había empezado a esculpir siendo un niño cuando ayudaba a su padre a descargar azulejos para su taller artesanal. Riva necesitaba solo un pequeño espacio para lanzar desde cualquier posición, desde cualquier distancia. Uno de esos jugadores casi imposibles de defender. Solo una mínima pérdida de concentración de su defensor y Riva lo penalizaba sin más. Valerio Bianchini, mítico entrenador del club en la consecución de la primera Copa de Europa, resaltaba su fortaleza física y mental, su sangre fría en los momentos cruciales de los partidos y cómo asumía la responsabilidad en todo momento. Luca Chiabotti, afamado periodista italiano, decía de Riva que “usando el lenguaje del fútbol, Riva era un delantero centro puro. Era un escolta veloz, muy superior en el uno contra uno, con un gran manejo de la pelota y con un físico excepcional, lo que le permitió jugar hasta los 40 años”.

Riva explotó a los 19 años, con Valerio Bianchini en el banquillo y con Marzorati y el veterano Bariviera a su lado. En palabras del propio Riva “Valerio fue quien tuvo plena confianza en mí, quien centró toda su atención en un chico que no tenía ni tan siquiera 18 años. Le estaré agradecido el resto de mi vida pero de cada uno de mis entrenadores aprendí algo importante. Recalcati me ayudó a madurar  y adquirir la conciencia de un lider y Sandro Gamba, mi entrenador en la selección, me hizo darme cuenta de lo importante que era la defensa”.

En 1981, con Bruce Flowers y Tom Boswell como extranjeros, alcanzan su último título de Liga y su última Recopa, en Roma, ante el Barcelona. Es el preludio de los dos mejores años en la historia del equipo canturino, dos años en que consiguieron ser el mejor equipo del continente. Boswell sería reemplazado por Charles Kupec, quien venía de Milán, y los inicios no serían sencillos. “Recuerdo cada momento de aquella temporada mágica en Cantú”, decía el propio Kupec. ” Al principio hubo un recibimiento algo frío por parte de los aficionados porque había vestido la camiseta de la odiada Milán, pero la desconfianza se evaporó pronto”. Luciendo la mítica Squibb como sponsor en la camiseta, Cantú carburó con la veteranía de Marzorati y Bariviera, la juventud de Riva y Flowers, más jugadores emergentes como Innocentin, Bosa o Bianchi. Acaban la liguilla de la Copa de Europa por detrás de Maccabi, su rival en la Final que tendrá lugar el 25 de marzo en el Sporthalle de Colonia. Con mayoría hebrea en la grada, Cantú impone su ritmo de juego durante todo el choque y basa su victoria en la gran defensa sobre Aroesti y Berkowitz y en el poderío interior de la pareja Kupec-Flowers (23 y 21 pts). El cinco titular anota 84 de los 86 puntos totales de un equipo que se consagra como campeón de Europa por primera vez. “Fue la mayor emoción de mi vida”, recordaba Flowers en 2011. “Me dí cuenta de que Italia tenía el mejor baloncesto fuera de EE.UU. Los mejores equipos, jugadores, entrenadores, patrocinadores,…En un pequeño pueblo de apenas 40.000 habitantes jugábamos con todo nuestro corazón y fuimos campeones de Europa. Fue absolutamente fantástico”.

Un año después, el club defendía el reinado europeo después de alzar una nueva Copa Intercontinental, con Jim Brewer y Wallace Bryant como extranjeros y el veterano Giancarlo Primo como entrenador tras la marcha de Bianchini a Roma. Ford Cantú y Billy Milán, dos equipos y dos patrocinadores míticos de la época se dan cita en Grenoble en la que será la última ocasión en que dos equipos de un mismo país disputen la máxima final continental. Con 69-62 a favor y 38 segundos por jugar, Cantú parece que tiene el título ganado pero, inexplicablemente, pierde tres posesiones consecutivas y Milán tiene la última bola un punto abajo. Franco Boselli falla su lanzamiento y el último de John Gianelli es taponado por Brewer debajo del aro. Cientos de aficionados invaden la pista para abrazar a sus ídolos y arrancar las redes de la canasta, mientras Marzorati descorcha una botella de champán en el palco a la hora de recoger el trofeo. El propio Marzorati relataba que “es imposible olvidar la alegría que todos sentimos en Grenoble. Un triunfo contra nuestro rival histórico. Dos equipos que han marcado la historia del baloncesto italiano y europeo”.

¿Cómo una ciudad tan pequeña pudo establecer tal dominio en el baloncesto continental?  La mentalidad es la respuesta. El secreto del éxito de Cantú radicaba en la mentalidad colectiva de un grupo que llevaba muchos años jugando juntos. Jugadores y entrenadores cuyo único objetivo siempre fue mejorar año tras año. Jugadores como Marzorati o Riva podrían haber disfrutado de mejores contratos en ciudades más grandes pero, lo que quizá perdían en el aspecto económico, lo ganaban en el aspecto social, con el club, donde un simple apretón de manos bastaba, o con la gente, cuando pasear por Cantú en aquellos años para cualquier jugador significaba tardar minutos y minutos en andar unos pocos metros debido al calor del aficionado. El baloncesto en Cantú siempre ha sido algo más que un deporte o un mero aspecto económico. La unión de unos jugadores con un pueblo donde todos eran considerados de la misma familia. Marzorati, 22 años en el club, guiaba un grupo que formaba parte de una sociedad bien definida, donde todos tenían sus responsabilidades y, que a su vez, sabían transmitírselo a los jóvenes. El aspecto de la amistad, la relación de vivir todos juntos momentos felices y difíciles. “Lo importante no era la cantidad de talento que teníamos, sino lo que podíamos hacer para duplicar ese talento”, explicaba el capitán canturino, único jugador junto al malogrado “Chicco” Ravaglia en tener su número retirado. “Cada uno de nosotros, a nuestra manera, podía ser útil de acuerdo al papel que jugábamos”.

El último logro europeo del club llegaría en 1991 con la conquista de la Korac ante el Real Madrid, en una final a doble partido que se tuvo que decidir en la prórroga del segundo, marcada trágicamente por el infarto sufrido por Ignacio Pinedo en el banquillo madridista que le costaría la vida semanas después. La Cantú de Giuseppe Bosa, Pessina, Pace Mannion o Roosevelt Bouie. Fue la última victoria de Marzorati quien, con 39 años, decidiría retirarse al final de temporada, aunque volvería a jugar en 2006 un par de minutos a la edad de 54 años para celebrar el 70º aniversario del club ante Treviso. “Fue una suerte retirarme ganando pero, si no hubiese sido así, nada habría cambiado”.

Desde entonces, solo dos Supercopas de Italia han engrandado el palmarés del equipo, reponiéndose de un descenso de categoría en 1994, cuando la Ley Bosman atrajo jugadores extranjeros de dudosa calidad, cortando la proyección de los jóvenes talentos italianos.Hoy el club lucha por volver a ser un referente en Italia, el mismo objetivo que persiguen equipos históricos como Bolonia, Varese, Pesaro o Venecia. Continuar el legado de un club con 12 entorchados continentales. Un club que podría confundir a la gente con la variedad de casas comerciales que le han dado nombre (Forst, Squibb, Ford, Gabetti, Clear,…), pero todas ellas hacen referencia a un mismo símbolo, orgullo de un pueblo, el Pallacanestro Cantú, “La Regina D´Europa”, donde no se entiende ser esclavo de un deporte sino protagonista de un deporte.