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Perfiles NBA

Ben Simmons: viaje al estrellato

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Ben Simmons 76ers

Corre por los pasillos del Rockefeller Plaza cierto aroma a leyenda. Por ese histórico edificio localizado en el corazón de Manhattan han pasado los rostros más ilustres de América. Tarde o temprano el destino les empuja a abrirse paso por la entrada oeste de la 6th Avenue. Allí aguarda expectante la fama. Un viaje directo en busca de la misma.

Contrariamente a lo que dictaba la costumbre, aquel 21 de junio de 2016 no se percibía un ápice de nerviosismo en el camerino. Era raro que un deportista tan joven, que ni siquiera había debutado como profesional aún, fuera invitado al programa. Es más, tal honor se le solía conceder solo a las grandes leyendas atemporales del deporte. Pero daba igual, no podía encontrarse en él ni rastro de pánico escénico mientras se entregaba gustoso al equipo de maquilladores. Al contrario, solo dosis abundantes de ilusión y muchas ganas de anunciarse ante el mundo.

Sin haber sido drafteado todavía, Ben Simmons iba a aparecer en el The Tonight Show de Jimmy Fallon.

Desde que naciera allá por la década de los cuarenta, el formato late night show había logrado conquistar los corazones de los norteamericanos. Hasta tal punto que la costumbre de sentarse en familia frente al televisor los sábados por la noche terminaría mutando en una especie de rito cultural. Con el paso de las décadas aquel fenómeno iría ganando fuerza hasta convertirse, sin ningún género de duda, en el programa televisivo más icónico de toda la nación. La fórmula era sencilla: un presentador carismático y con buenas dotes para el humor charlaba amenamente con los personajes más ilustres del país. Políticos, actores, deportistas, músicos…el currículo de gente que había pasado por allí se nutría de la jet set, la gran vanguardia social de Occidente. Grandes figuras como Johnny Carson o Jay Leno habían relanzado la apuesta en el pasado; y ahora Jimmy Fallon, como orgulloso heredero del linaje, aspiraba a hacer lo mismo.

Y allí estaba Simmons, la gran joya de la corona. Lucía un look a medio camino entre elegante y casual, sin caer en la pomposidad excesiva. Manos abajo y hombros relajados, proyectando una imagen de tranquilidad, mientras encajaba con tablas los sucesivos chistes que iba soltando Fallon. Era evidente que no se esforzaba en parecer alguien demasiado hablador o extrovertido, tan solo flotaba por la entrevista con aires de suprema confianza. Aderezada, por cierto, con un toque imperceptible de sana arrogancia. El australiano parecía transmitir una inquebrantable fe en sí mismo muy típica del que se sabe una estrella.

“El nivel de competición aquí es mucho más alto, y puesto que quiero ser el mejor y competir contra los mejores, pensé que América debía ser mi sitio.”

Fallon, que le había preguntado sobre sus orígenes en la otra punta del mundo, resoplaba con admiración mientras le lanzaba un halago que Simmons no dudaría en recoger: “Si, no me está yendo nada mal.”

América entera escuchaba. Los focos le sentaban bien.

Desde el mismo principio parecía que Simmons, al menos en términos mediáticos, apuntaba al estrellato. Tan pronto como en 2014, y con el jugador terminando su año junior de instituto, el tocayo y periodista Bill Simmons escribiría sobre las extraordinarias facultades del chico para el ya desaparecido medio online Grantland. En su habitual tono original e histriónico, Simmons apostaría por encumbrar a Simmons. Destacaba por aquel entonces su habilidad para hacer de todo en la cancha, la manera en que dominaba los partidos, y una suficiencia casi insultante apenas vista a nivel de high school. Muy parecida a la que habían mostrado años atrás perfiles como Lebron James y Tracy McGrady. Lograba fundir la excelencia multidisciplinar del primero con la aparente pasividad desenfadada del segundo. Todo en él, empezando por los ojos y terminando por la sonrisa, apuntaba a jugón.

Sus hazañas en Mountverde Academy, flor y nata del estado de Florida, llamaría por tanto la atención de todos los grandes centros universitarios. Pese a todo, de entre una vasta pila de cartas reclamando sus servicios Simmons escogería Louisiana State University (LSU) por dos motivos principales:

  • La protección y guía que podía ofrecerle su padrino David Patrick, que casualmente trabajaba como asistente para el equipo de baloncesto.
  • La promesa de construir un ambicioso programa deportivo en torno a su figura.

Su acuerdo con LSU provocaría una especie de irreprimible expectación entre la muchedumbre. Antes siquiera de poner un pie en el campus, las voces dirigentes del centro lanzarían una campaña publicitaria diseñada para encumbrar al fenómeno. Carteles con el eslogan “El 25 ya está aquí” adornarían cada rincón del Pete Maravich Assembly Center, soflamando la pasión de los fans e invitándoles a sacar sus abonos para la temporada. Sin haber tocado un balón, el talentoso Simmons era ya una deidad al sur del río Mississippi.

Los resultados, al menos en un sentido estrictamente individual, no tardarían demasiado en llegar. Ben Simmons realizaba una demostración de poderío físico y técnico cada vez que se enfundaba el amarillo chillón de LSU. Cada partido suponía una exhibición sensible de batir algún record o generar titulares llamativos en los medios. La sensación general es que desde Shaquille O’Neal no aparecía por Louisiana un jugador con tanto potencial para convertirse en superestrella. Su proyección como futuro número uno del draft parecía casi asegurada, y a nivel nacional tan solo Brandon Ingram (Duke) y Buddy Hield (Oklahoma) podían arrebatarle algo de protagonismo.

Ben Simmons LSU

Mike Stobe/ NCAA

El éxito colectivo, eso si, se empeñaba en discurrir por otros derroteros.

La incapacidad de los Tigers para traducir las virtudes de Simmons en victorias iría acentuándose con el progresivo avance de la temporada. Hasta tal punto que, llegado marzo, el conjunto dirigido por Johnny Jones fracasaría estrepitosamente en su intento de entrar en el torneo de la NCAA. Simmons, por tanto, no haría acto de presencia en el mayor escaparate del deporte universitario: el famoso March Madness.

Aquel fracaso colectivo no obraría sin consecuencias, más bien al contrario, provocaría una ola renovada de escepticismo. Pronto empezarían a filtrarse informaciones acerca de la relación disfuncional instalada en el vestuario. Compañeros que apuntaban directamente al divismo de Simmons como causa principal del hundimiento, a la vez que resaltaban un aparente trato de favor por parte del cuerpo técnico. Con independencia del grado de veracidad que tuvieran esos rumores, lo cierto es que algo no había funcionado demasiado bien. Por si fuera poco, la prensa no tardaría en apuntarse a aquel discuro hostil. La joven estrella de LSU sería duramente atacada por la actitud mostrada durante todo el curso. Sin ir más lejos, Jeff Eisenberg, de Yahoo Sports, escribiría una columna de opinión en la que destacaría la falta total de interés mostrada por Simmons con respecto a sus obligaciones académicas; al mismo tiempo que denunciaba la permisividad de un centro más preocupado en explotar los réditos económicos y comerciales de su estrella. Todo ello inscrito en un discurso que atacaba directamente los defectos del One and Done. Un sistema que, a su juicio, engendraba actitudes narcisistas y despreocupadas como la de Simmons.

Por su parte, el jugador redoblaría enemistades al exponer las injusticias que rodean a la NCAA. En un documental rodado durante su estancia con LSU pero emitido meses después, en noviembre, Ben Simmons cargaría con fuerza contra el sistema de competición universitario.

“Tenía 190 dólares en mi cuenta y ya me he gastado 140 en Wallmart porque necesitaba amueblar el dormitorio. Y ahora qué tengo, ¿50 dólares? Me durarán solo una semana. El sistema de la NCAA está realmente jodido. Todo el mundo gana dinero excepto los jugadores. Nosotros somos los que nos levantamos pronto para rendir lo mejor posible, formar parte del mejor equipo posible, y hacer todo lo que nos dicen. Pero a cambio los jugadores no recibimos nada.”

Tampoco ayudó que, al poco tiempo de conocerse el fracaso deportivo de los Tigers, Ben Simmons anunciara su acuerdo con la agencia Klutch Sports, dirigida y fundada nada menos que por Lebron James. Ya fuera por egoísmo, ambición o simple torpeza, aquel anuncio no disgustó tanto por el como sino por el cuando. Ante todo reflejaba el pecado de juventud de un chico que, en cuanto a imagen, debía encontrar consejeros más solventes. Fuera como fuese, aquel acuerdo le ofrecía una oportunidad única de acceder a la figura más dominante del universo NBA. La posibilidad de aprender junto a un poderoso mentor al que había tenido el placer de conocer por primera vez en la Lebron James Skills Academy, allá por el 2014. Uno que además le prepararía para el desafío que dibujaba su futuro: el draft y el consecuente salto al profesionalismo.

“Como mentor y especie de hermano mayor me dedico a darle muchos consejos acerca de lo que debe esperar cuando llegue al siguiente nivel. Yo le ayudo a saber como afrontarlo, pero también debe averiguar cosas por sí mismo porque cada camino es distinto.”

Una fe en su aprendiz coronada por la defensa pública de su figura en tiempos algo turbios. Contar con el aval de alguien como James ayudaba a dulcificar cualquier juicio escéptico.

“Es un talento especial. Creo que no nos damos cuenta de lo buen chaval que es, y de lo mucho que tiene los pies en la tierra con respecto al baloncesto y la vida en general.”

La conexión iba más allá de compartir plataforma de representación, también encontraba eco en la firma de un contrato con Nike por valor de 20 millones de dólares. Pero por encima de todo, hundía sus verdaderas raíces en el aspecto puramente deportivo. Simmons, al igual que James, era la viva representación del point-forward moderno, el alero creador dispuesto a quebrantar la lógica posicional del baloncesto. Pese a la necesidad de matizar las diferencias entre ambos cuerpos, a ojos del público la comparativa resultaba lógica. Sobre todo en términos funcionales. Hasta la popular revista SLAM Magazine le dedicaría una portada a Simmons cuyo diseño era un guiño evidente a la utilizada con Lebron una década atrás.

Ben Simmons LeBron James SLAM

SLAM

Así pues, en manos de una franquicia con hambre por crecer, Ben Simmons resultaba un caramelo más que apetecible. Philadelphia, de nuevo escogiendo en primera posición, no dudaría en hacerse con los talentos del genio australiano en el draft de 2016. Venía a representar la segunda pata de ese ambicioso proyecto made in Hinkie apodado The Process, y que ya ha pasado a formar parte de la iconografía pop. El otro pilar estaría representado por un camerunés de nombre Joel Embiid, que aún no había debutado como profesional, y que se había pasado dos temporadas completas en el dique seco debido a los problemas físicos.

Maldición que, poco tiempo después, también se terminaría cebando con Simmons. Y es que cerrando ya septiembre, y a poco de comenzar la pretemporada para la 2016/2017, Ben Simmons se fracturaría el pie derecho durante un entrenamiento. Un contraatiempo que en principio solo debía tenerle unos cuantos meses de baja, y que con el paso del tiempo fue creciendo en su diagnóstico. Mientras tanto, la franquicia trataba de esquivar a la prensa con evasivas y ponía a Brett Brown en el compromiso de sofocar inquietudes. Primero un rumor que situaba la fecha de su regreso el 27 de enero ante Houston, desmentido por el propio Brown; después la esperanza de que pudiera regresar tras el parón del all star, información alimentada por Chris Haynes, de ESPN, y que nunca sería confirmada por los Sixers; y por último la confirmación definitiva de que Simmons no jugaría un solo minuto del curso.

Tocaba esperar. Otra vez.

Pero si algo nos ha demostrado este inicio de temporada es que la larga espera ha merecido la pena. Con motivos de peso el joven y extremadamente talentoso Simmons está siendo una de las grandes sensaciones del inicio liguero. En un equipo que mejora competitivamente con cada partido (a cierre de estas líneas los Sixers acumulan tres victorias consecutivas), el alero australiano se ha hecho con las llaves del peso creativo. Su adaptación ha sido tan rápida que pareciera llevar en la competición más de un lustro, cuando en realidad no deja de ser debutante novato.

Tal vez el aviso de lo que estaba por venir lo proporcionara en su momento David Fizdale, que al término de un enfrentamiento de pretemporada ante Memphis, emitía otra de sus particulares sentencias:

“Dios mío. No quiero volver enfrentarme a esto durante los próximos 15 años.”

Así pues, convendría entender qué convierte a Simmons en una figura tan especial, y por qué el paisaje de los Sixers ha mutado completamente con su llegada.

Ben Simmons 76ers

NBAE

En busca de replicar un viejo sueño

Cuando Magic Johnson colgó definitivamente las botas en 1996 (y tras una reaparición estelar a mitad del curso), se desvanecía el mayor milagro en la historia del juego. Aunque la figura del creador grande había encontrado su abanderado algunas décadas antes en Oscar Robertson, las condiciones únicas de Magic lograron llevar el fenómeno al extremo. Nunca había existido un base que superara los dos metros de estatura, y el simple hecho de pensar en ello invitaba a concebir las posibilidades técnicas y tácticas más remotas. La combinación de fuerza, velocidad, visión y altura proyectó a Magic como el mejor creador de todos los tiempos. El más dotado y el que más logró condicionar el plan defensivo del rival. Pasarían muchos años hasta encontrar algo semejante.

Un tiempo después, el auge de un chico llegado desde Akron supondría otra gran perturbación en la fuerza. Tal vez no contara con la elegancia natural de Johnson, ni asumiera tanta carga creativa como el ex base de Lakers, pero lo más parecido a aquello era él. Y posiblemente lo siga siendo. Por versatilidad y capacidad para interpretar el baloncesto, Lebron James es desde hace un tiempo el point-forward más letal del planeta, y a su vez puede ejercer de base funcional (cuando no nominal) la inmensa mayoría de noches. Por no decir todas. La responsabilidad de crear juego, en resumidas cuentas, pasa indefectiblemente por sus manos.

Pero ha habido una tercera alteración en la fuerza. O quizá una cuarta, dependiendo de cómo se considere a Giannis Antetokounmpo (cuyo análisis quedará para otra ocasión). Con el aterrizaje de Ben Simmons aparece un perfil que, en la práctica, ejerce de creador. Uno de 2.08 metros y ligeramente más alto que Magic. De hecho, en estos momentos Simmons parece traspasar ya la frontera del point-forward y se adentra en el terreno natural del base. Es decir, no es solo un alero que en ocasiones pueda actuar como creador, sino que es el generador primario de los Sixers en cancha. Brett Brown no ha dudado en confiarle las dotes creativas y habitualmente sale con un quinteto inicial que comprende a Simmons como su base real/nominal:

Jarryd Bayless – JJ Redick – Robert Covington – Ben Simmons – Joel Embiid

El primero responde al perfil de combo, un apoyo crucial en el manejo de balón más centrado en anotar que en dirigir. El segundo acota su rol al de tirador. El tercero apoya levemente las labores de lanzamiento pero se erige también en especialista defensivo desde el perímetro. Con el quinto no hace falta presentación. Queda por tanto un escenario donde la función de director de orquesta se reserva exclusivamente para Simmons. Y no lo confirma solamente el hecho de que esté liderando a los Sixers en promedios brutos de asistencias/partido (7.9), ni que aventaje cómodamente al segundo (T.J. McConnell con 4.7); también la inmensa carga creativa que está asumiendo partido tras partido a nivel de subir balón, amasar posesión y marcar jugada. Sorprende en cierto modo que Brown le haya encomendado tal mayúscula tarea desde el principio, pero la respuesta no podría haber sido más positiva. Como comentaba el periodista Steve Aschburner en una mesa redonda destinada a analizar su figura:

“Lo que más me intriga de Simmons es que es un base legítimo de 6-10 pies, no solo una mera variación del point-forward.”

Un discurso reforzado posteriormente con las declaraciones del experto en estadística John Schuhmann:

“Ser un base de 6-10 es algo verdaderamente único. Pero va más allá de eso porque tiene un feeling especial para el baloncesto. Junta una gran visión de juego con la capacidad para jugar controlado y a la velocidad adecuada. Eso es algo muy especial en un rookie.”

A bote pronto lo que más destaca de Simmons es su capacidad instintiva para encontrar al hombre abierto, y la visión panorámica de la pista que posee en todo momento. Ello le permite realizar los pases más espectaculares e inverosímiles.

https://www.youtube.com/watch?v=sck7mZuFBlQ

Por otro lado, también destaca su habilidad para potenciar la fluidez del juego a media cancha. Su dominio del bloqueo y continuación resulta un enorme valor añadido en el baloncesto de hoy. Como ejemplo valdría la ejecución de este pick&pop largo con Embiid, un jugador con el que está mostrando un gran entendimiento.

Los Sixers, que el año pasado fueron el peor ataque de la NBA según ratio ofensivo, en estos momentos escalan ocho posiciones hasta colocarse en el puesto 22º, debido principalmente a dos factores: el añadido de jugadores que pueden abrir y capitalizar espacios (JJ Redick), y la presencia de un totem creativo que precisamente sabe encontrar a esos mismos jugadores (Ben Simmons).

Viene siendo habitual, por otro lado, que Brown altere el quinteto durante los partidos para aprovechar el permanente mismatch que generan sus estrellas. Cuando junta en el parquet a Saric (que podría ser catalogado como otro point-forward) y a Simmons, uno de los dos, por fuerza mayor, va a tener una ventaja soslayable de altura sobre su defensor. Para aprovechar dicha condición, los Sixers colocan al australiano en el poste bajo y desde ahí se dedica a repartir juego. Es en estos momentos en los que el potencial para generar ventajas se dispara. Como ejemplo valdrían las dos secuencias siguientes:

La influencia transformadora del australiano tiene su reflejo a nivel analítico: para empezar, que los Sixers son el equipo que más pases dan por partido con 353.9. Por otro lado, que a título individual Simmons es el segundo pasador más prolífico de la NBA con un total de 75.3, solo superado por Marc Gasol que se sitúa en 76.5. Por si fuera poco, de ese top-10 Simmons es el segundo que más capitaliza esos mismos pases en asistencias (7.9), un pelín por detrás de Lebron James que da 8.9/partido. Todo ello estando menos minutos en pista y contando con mucha menos experiencia competitiva.

Es decir, como generador, y a pesar de su modesta experiencia profesional, ya se ha instalado entre las grandes referencias de la competición. Y es de esperar que dicha condición se acentúe con el paso de los partidos.

Asusta pensar en lo que se puede convertir.

 

Algo más que un pasador

Hasta ahora las mayores alabanzas hacia Simmons se han centrado en su capacidad para hacer jugar al resto. Algo lógico teniendo en cuenta como está impulsando el sentimiento colectivo de Philadelphia. Queda, no obstante, espacio para analizar otros aspectos de su juego que le convierten en un talento multidisciplinar. Uno de esos capaces de hacer muchas cosas en pista, pero siempre a su manera.

Podríamos empezar citando su buen toque y capacidad para jugar de espaldas al aro, por ejemplo. No es habitual que un chico de su edad, y menos en esta era, ponga en práctica tales recursos. Sin ir más lejos, Lebron James aterrizó en la NBA sin un juego al poste y le costó muchos años desarrollar y perfeccionar uno. Si antes decíamos que la altura de Simmons le permite generar ventajas al poste y utilizarlas para repartir juego, no es menos cierto que, en ocasiones, también puede desequilibrar la balanza ejecutando él mismo.

https://www.youtube.com/watch?v=2JBkzEqSj0k

Pero en lo que se refiere al terreno exclusivamente anotador, ahora mismo Ben Simmons se perfila como un jugador de evidente – incluso extrema – tendencia interior. Dicho de otra forma, prácticamente todo su peso anotador se produce alrededor del aro, tanto en finalizaciones como, sobre todo, penetrando a canasta. Resulta bastante llamativo para un jugador que pese a su altura suele dominar el balón desde el perímetro, y en una era donde los jugadores exteriores, incluso los interiores también, han terminado entendiendo el tiro lejano como una necesidad vital. Sus números brutos en cuanto a puntos/partido (18.5) no son nada malos para un jugador novato, y además lo acompaña con unos niveles de eficiencia bastante respetables. En cualquier caso, no quiere decir esto que en el futuro deba prescindir de desarrollar un lanzamiento exterior solvente (ha tirado un total de 5 triples en lo que llevamos de temporada, sin acertar ninguno).

Tal vez lo que más destaque en Simmons sea su buena combinación de manejo (domina el esférico como si fuera un base de 1.85) y físico, que sin ser en extremo explosivo como el de Lebron o Antetokounmpo, es lo suficientemente potente como para generar importantes ventajas a nivel NBA. Óbservese por ejemplo esta jugada, en la que rompe a su defensor en el 1×1 y acaba realizando una buena penetración a canasta.

O esta otra ante Atlanta, en la que culmina un poderoso mate con su mano aparentemente mala, la diestra. Una demostración de su habilidad para manejar y finalizar contundentemente con ambas manos. Por supuesto, a destacar también su buen primer paso y la verticalidad de la que hace gala.

Por supuesto, sobra decir que como casi todos los point-forwards o bases altos habidos y por haber, ejerce un dominio total en el baloncesto de transición. A campo abierto es un perfil imparable, que por si fuera poco, se ve potenciado por el estilo frenético que emplean los Sixers (cuartos en oportunidades generadas al contraataque tras Golden State, Brooklyn e Indiana).

En estos momentos Simmons anota la nada desdeñable cifra de 1.30 puntos/posesión en transición, contribuyendo a que, ahora si, Philadelphia esté capitalizando con mucha más efectividad su natural propensión a correr. Es interesante cotejar estas cifras con las de otros point-forwards que destacan por su poderío en el fastbreak, comprobando así que su dominio corre paralelo al de jugadores mucho más consolidados.

JUGADOR PTOS/POSESIÓN EFG % % FREQ/PART.
Ben Simmons 1.30 77.8 % 14.2 %
Lebron James 1.17 71.4 % 28.2 %
Antetokounmpo 1.40 69.7 % 21.1 %
Kevin Durant 1.46 84.5 % 21.3 %
Blake Griffin 1.26 70.0 % 12.3 %

Como destacaba el pívot dominicano, Al Horford, al término de un enfrentamiento con Boston:

“Simmons va a ser un problema. Tiene mucho control. Es como de mi tamaño, incluso aparenta ser más grande, y su habilidad para correr la pista es impresionante.”

De una manera u otra, parece bastante claro que en estos momentos Simmons es un jugador que habita casi exclusivamente por dentro. Lo demuestra un dato demoledor: que a cierre de estas líneas es el segundo jugador que más penetraciones a canasta realiza de toda la NBA con 18.8, solo superado por el base de Atlanta, Dennis Schroder, que se va hasta las 22.2. Terreno en el que, en cualquier caso, todavía cuenta con un amplio margen de mejora. Ahora mismo su efectividad finalizando no es tan alta como cabría esperar de un jugador que posee tantas facultades físicas. De hecho, en ocasiones peca de una falta de agresividad en situaciones donde tiene ganada una ventaja. Algo que apuntaba recientemente su propio entrenador, Brett Brown:

“Creo que esto forma parte del proceso de evolución de Ben. Realiza una labor extraordinaria llegando al aro, ¿pero qué le falta? ¿Algún bote más? ¿Quizá más habilidad para fintar al defensor, sacar la falta y conseguir el 2+1? No lo sé. La buena noticia es que cuenta con las habilidades para llegar hasta ahí, ahora solo falta ayudarle a que desarrolle mejores técnicas de finalización.”

De nuevo, resulta interesante realizar la comparativa con otros playmakers altos en relación a su capacidad para llegar y finalizar alrededor del aro. En este caso los números indican que, efectivamente, existe ese amplio margen de mejora.

JUGADOR PENETRACIONES FG % TL GENERADOS
Ben Simmons 18.8 47 % 2.5
Lebron James 10.0 67.5 % 1.8
Antetokounmpo 12.0 61.8 % 3.1
Russell Westbrook 16.6 60.0 % 1.4
Blake Griffin 7.6 70.6 % 2.4

Cabe esperar que con su madurez competitiva el base/alero australiano vaya desarrollando esos trucos que le permitan ser un finalizador más efectivo.

 

¿Y qué tal atrás?

Si por algo ha sorprendido Ben Simmons en este inicio de temporada, al menos en relación con su versión universitaria, es por haber mostrado un potencial defensivo bastante respetable. Incluso diferencial en momentos concretos de los encuentros.

No es que sea un perro de presa en el sentido clásico del término, pero si cuenta con las armas suficientes como para ejercer de factor positivo ahí. Una serie de virtudes que podrían resumirse de la siguiente manera:

  1. Físico y versatilidad para tapar varias posiciones. No sufre en los cambios.
  2. Más ímpetu por defender que en LSU.
  3. Buen desplazamiento lateral.

Ya se le ha visto como en ocasiones anula por completo la posesión del rival ejerciendo mucha presión defensiva sobre su par, y forzando tiros poco eficientes. Como ejemplo podría valer esta secuencia ante Ryan Anderson:

O esta otra en la que demuestra su velocidad de reacción y manos forzando el robo ante Harden (que además alimenta su pulsión al contraataque). Robar muchos balones no se relaciona necesariamente con ser un defensor competente, pero en el caso de Simmons parece que ambos conceptos van de la mano. Al menos por ahora.

https://www.youtube.com/watch?v=Th1PXtXYDDk

No obstante, no quiere decir esto que Simmons sea un defensor de élite ni mucho menos. Como en otros aspectos de su juego, todavía cuenta con el terreno necesario para mejorar. Su ratio defensivo individual de 104.0 no es malo, pero tampoco justifica que se le encumbre antes de tiempo. Por otra parte, también es verdad que aquí influye mucho la defensa colectiva de Sixers, que sin ser un coladero permanente como la de otros equipos, tampoco logra situarse entre las 15 mejores de la liga (ahora mismo es la décimosexta con 106.4 de ratio defensivo). Es de esperar que conforme Embiid vaya aumentando su dosis de minutos, y las diversas piezas logren encajar en el entramado de Brown, las cifras se disparen. El potencial defensivo existe.

Además, si se quiere habría que considerar también al rebote como parte indirecta de la labor defensiva. Y es que como reza el dicho popular: una posesión no termina hasta que no se logra cerrar el rebote. En este aspecto Simmons ha demostrado una capacidad brutal, cosechando un doble-doble hasta en cinco de las ocho ocasiones que se ha vestido de corto. De hecho, sus promedios brutos en el rebote defensivo (9.6/partido) son los segundos mejores del equipo tras Joel Embiid. Y la diferencia entre ambos es relativamente corta (10.3). También destaca el porcentaje de rebotes defensivos disponibles que captura, con 22.4 %. Por contextualizar estas cifras en términos históricos, Lebron James y Magic Johnson jamás lograron alcanzar esa excelencia en toda su trayectoria deportiva:

  • La mejor temporada de Lebron fue en la 2012-2013, donde capturó un 20.8 % de los rebotes defensivos disponibles.
  • En el caso de Magic Johnson, su tope de carrera se produjo durante la 1988-1989 con un 18.0 %.

El dato, por simple y matizable que sea, resulta muy revelador.

Camino al cielo

Cerraba la entrevista con Fallon de la misma manera que la había comenzado: sonriente, relajado y confiado. Tras un vídeo intercalado donde podían observarse algunas de sus filigranas durante los entrenamientos, tocaba una lluvia atronadora de aplausos. Acto seguido el mítico presentador le estrechaba la mano y despedía a la audiencia con ese tipo de frases reservada para las estrellas:

“Ben Simmons en exclusiva para vosotros damas y caballeros. Un tipo talentoso. Enhorabuena por todo.”

América era testigo. El próximo crack del baloncesto mundial había culminado su acto de presentación oficial con nota. Afuera esperaban los abrazos de amigos y familiares al calor de una Nueva York iluminada. Unos cuantos kilómetros más al este, en la histórica Philadelphia, los devotos sonreían. Estaban muy cerca de conseguir al fenómeno. Podían casi palparlo.

Un año entero de penitencia, con sus meses, semanas y días, ha exigido la empresa. Pero aquí está, tan bueno como esperaban o puede que incluso más. Junto al extrovertido Embiid, ya es la figura deportiva que más ilusión genera desde el mejor Iverson. El viaje al estrellato de Ben Simmons no ha hecho más que comenzar.

Y tiene un ticket en primera clase.

Ben Simmons 76ers

Nick Laham/NBAE

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Perfiles NBA

Al Horford, la cuarta hoja del trébol

De las 300 especies de tréboles identificadas, el más famoso es el de las cuatro hojas debido a la anomalía genética que esconde. Y ese ADN es precisamente el que los Celtics tratan de descifrar con Al Horford como el auténtico líder.

jaime.eguen@gmail.com'

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Se dice que la bandera de Irlanda es tricolor debido a que está compuesta por tres franjas cuyo significado es verde simbolizando a los nacionalistas católicos; naranja a los protestantes; y el blanco la paz, que debería reinar entre unos y otros. Sin embargo, en esta ocasión nos centraremos en el verde. Cada 17 de marzo – con motivo de la celebración de San Patricio – los irlandeses se reúnen en un día destinado a beber cerveza, realizar llamativos desfiles y lucir ropas de color verde Kelly.

Según cuentan, dicho color evita que los ‘leprachaun’ aparezcan y te pellizquen las piernas en San Patricio. Eso sí, aquí no acaban las historias y leyendas que unen a Irlanda con este color, el trébol de cuatro hojas también tiene un significado místico que une genética, suerte y fantasía. La primera hoja simboliza la riqueza, la segunda es la fama, luego está el amor y por último la salud. Su rareza lo ha convertido en un presagio de buena suerte e incluso como una señal que indica que encontrarás un tesoro. Aunque, su existencia, se debe a un gen muy especial.

Al Horford, una rareza biológica

Hoy en día se han identificado unas trescientas especies de tréboles, una planta que cuenta con el doble de cromosomas que la especie humana. Sin duda, el más famoso de todos estos es el de cuatro hojas, debido a la mística que lo rodea y la complejidad de avistar uno. La estadística dice que, por cada 10.000 tréboles, hay uno que tiene un folio más. Una excentricidad botánica que reside en una mutación genética, concretamente en el gen PALM1, que es bautizado como el “gen de la buena suerte”.

Abordando el tema que nos trae, los Boston Celtics han encontrado su propio trébol de cuatro hojas. Una anomalía genética al servicio de Brad Stevens y que, año tras año, hace las delicias de los aficionados de los Celtics. Este no es otro que Al Horford, el pívot de origen dominicano que reina en la pintura y es clave en sistema tejido por su entrenador. Estos Playoffs han sido la confirmación (si es que era necesaria) de su figura y han servido para reafirmar su rol en el equipo.

Con los Celtics naufragando en el Este y con un futuro ligado a la incertidumbre, Al Horford ha sido una de las pocas cosas positivas que se llevan de esta nefasta temporada. Con él bien físicamente e imponiendo su ley en el duelo personal, todo es más fácil para el equipo verde. No es un hombre de grandes estridencias, acciones espectaculares o vistosas estadísticas. Horford es un caballero dispuesto a sacrificar todo por el bien común y capaz de realizar concesiones si resultan beneficiosas para el conjunto. Un rol genéticamente extraño de ver y que viene de la mano de una de las mentes más prodigiosas del baloncesto actual.

Al Horford tiene ‘player option’ y podría renunciar a su contrato en el caso de no estar contento con el rumbo que tome la franquicia

De salir de su contrato renunciaría a cobrar $30,123,015

Porque sí, el ‘42’ de los Celtics es la calma dentro de la anarquía, la esperanza en un océano de oscuridad. Para darse cuenta de esto, tan solo hay que echar un vistazo a los Playoffs y entender la coherencia que daba el pívot a cada posesión que pasaba por sus manos. Horford apostó por los Celtics cuando por entonces era complicado y firmó un máximo que fue criticado por muchos, un contrato que se ganó día a día junto con el corazón de la afición de Boston. Muy probablemente, su principal defecto a día de hoy, es que ya tiene 32 años. Una cifra demasiado abultada y que hace realidad las pesadillas de los Celtics.

‘Big Al’, desde los números

Si hablamos de la importancia de Horford en los Celtics, tenemos que trasladarla tanto al apartado ofensivo como defensivo. Este año ha promediado 13.6 puntos, 6.7 rebotes y 4.2 asistencias, números que te pueden resultar indiferentes pero que van mucho más allá. Analizar el rendimiento de Horford desde un punto de vista estadístico tradicional, es parecido a vislumbrar un paisaje sin abrir la ventana.

La salud no ha sido su mejor aliado esta temporada, pero en los 29 minutos por encuentro que ha jugado esta ‘regular season’ ha tenido un ‘Net Rating’ de +6.3. Llevando a los Celtics a obtener con él en pista un 111.8 de ‘Offrtg’ y un 105.5 en el defensivo. Durante los 68 partidos que ha jugado esta campaña, los rivales han visto cómo sus promedios ofensivos bajaban cuando se encontraba en pista.

PlayoffsOffensive RatingDefensive RatingNet Rating
On Court102.798.8+3.9
Off Court87.3102.5-15.2

Tal y como muestra la tabla de arriba, su salida en cancha durante estos Playoffs se traducía en debacle y hundimiento por parte de los Celtics. Un equipo que ha pagado de manera evidente las desconexiones (especialmente en el tercer cuarto). Una tendencia que han seguido durante todo el año y, como suele ser en estos casos, se ha hecho más visible en los Playoffs.

Más allá de las cifras

Por otro lado, analizar el rendimiento de Horford solo enfocándonos en los números sería incorrecto. El pívot tiene cualidades que lo convierten un jugador muy especial, una de ellas –posiblemente la favorita de Brad– es su versatilidad. Su capacidad para defender múltiples posiciones y frenar a jugadores que lo sacan de la pintura, lo convierten en el ancla defensiva del sistema de Stevens. Todo esto sumado a una buena lectura de ayudas y destreza a la hora de hacer correcciones.

Repasando los partidos contra Philadelphia vemos como Embiid sufre de manera muy considerable cuando el ’42’ se queda con él. El ‘Defensive Rating‘ de Boston en los enfrentamientos directos contra Sixers, cuando Al Horford está en pista, es de 102.8 puntos por cada 100 posesiones. Un adversario que esta temporada está promediando 111.5 de ‘Offrtg’ y que (contra Celtics) baja a los 103.4 puntos. Dicho ‘center’ con el tren trasero de un alero, con una capacidad para defender al poste prodigiosa y catalizar la defensa de los Celtics.

Pese a esto, su impacto no solo es visible en defensa, en ataque también desarrolla un papel fundamental. Con él en pista la circulación ofensiva de los Celtics goza de mayor salud y su visión de juego le permite ofrecer soluciones a sus compañeros. Es común verle involucrado en jugadas de ‘pick&pop’ u organizando el ataque desde la cabecera de la bombilla. El año pasado, Tatum y él, mostraron una gran química en ataque y con Irving ha tenido instantes de lucidez ofensiva. Sorprende las pocas veces que este año hemos visto a ‘Al’ y a Hayward ejecutar jugadas de ‘pick&roll’, una combinación que podría haber dado buenos resultados.

Todo esto no fue suficiente para doblegar a unos Bucks que fueron claramente superiores a los Celtics. Un 4-1 que sentó como una losa y despertó muchos fantasmas en el TD Garden, no solo por la derrota, sino por la imagen que dio la plantilla. Un vestuario con problemas y que no supo remar hacia un mismo sentido. Al Horford afrontará la próxima temporada con 33 años, pero antes deberá decidir si mantener su contrato o buscar una vía más sencilla hacia el Anillo. Las declaraciones que hizo acerca de su futuro tranquilizaron a la comunidad y todo hace pensar que seguirá, la gran duda es acerca de quién le acompañará. Además, este muy posiblemente sea su última gran firma en la NBA y cuesta pensar que renuncia a semejante cantidad de billetes.

Al Horford es un trébol de cuatro hojas que brilla en el TD Garden, sin él es complejo imaginar el futuro de la franquicia. Un equipo que tiene que aprovechar los últimos coletazos de una carrera marcada por una anomalía genética que lo han convertido en una figura tan especial. Aunque –como se suele decir por la ciudad de Boston– “It’s not luck’. Lo que está claro es que, el verdadero tesoro, es haber encontrado a ‘Alfredo’.

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Perfiles NBA

Joe Fulks: una leyenda marcada por la II Guerra Mundial

La pequeña Murray State, hoy en boca de todos por Ja’ Morant, es una de las universidades más longevas de la historia. De allí salió una leyenda tardía que interrumpió su formación para unirse a los marines.

maanuf96@gmail.com'

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Carlisle Cutchin, 1925. Una época que se podría catalogar como “basket primitivo”, cuando menos, pero que nos dejó al encargado de instituir uno de los primeros proyectos ambiciosos en el baloncesto. Un estamento deportivo que albergaría sus inicios en Wilson Hall, un lugar que puede pasar desapercibido en el imaginario del lector, pero que fue el primer hogar de uno de los mejores programas de baloncesto universitario que se han conseguido prolongar con el paso de los años. En 1926 este recinto tuvo la suerte de ver nacer a un equipo que ha ido forjando una leyenda sobre su nombre hasta la actualidad, casi un siglo después. Ese conjunto son Los Racers, un claro ejemplo de rozar la gloria desde la humildad.

En Murray State, desde su fundación hasta 1941, fue Carlisle quien estuvo a las órdenes de la que se convertiría en su obra maestra. El entrenador, que solamente había vivido de primera mano la disciplina del fútbol, tuvo una época brillante en el deporte de la pelota naranja y fue fundamental para poner en el mapa a esta universidad.

El legado del coach también quedó reflejado numéricamente con 307 victorias y 106 derrotas, el mejor registro en todos los deportes que dirigió. El entrenador, natural de Calloway County, tiene a día de hoy numerosos récord de la universidad, como el mejor inicio de temporada con 19 victorias y una sola derrota, que llegó además en un apretado encuentro que enturbió una racha impoluta.

Mountjoy a las órdenes del banquillo

Rice Mountjoy había sido director atlético pero en 1941, cuando el mítico Cutchin abandonó el baloncesto para dedicarse al béisbol, fue reclamado para reemplazarle en el banquillo. Este nuevo entrenador llegaría con un gran talento debajo del brazo y muchas ideas para este equipo. El segundo nombre propio, tras el coach, fue el de Joe Fulks. Este jugador nacido en Kentucky estuvo dos temporadas entre las filas de la que se conocía en aquel momento como Murray State Teachers College.

En los dos años de Joe como universitario, solamente uno estuvo dirigido por Rice, dado que tras finalizar el curso decidió emprender una aventura hacía la escuela secundaria de Augusta Tighman. En aquella temporada aún mantendrían el tipo, con 18 triunfos y 4 derrotas. El juego que intentó establecer Mountjoy fue algo diferente a lo que se acostumbraba a ver en esa categoría no profesional.

El técnico tenía en su pizarras jugadas muy físicas que utilizaban como arma principal la fuerza bruta de algunos de sus jugadores. Otros instructores se aferraban a la expresión “más vale maña que fuerza”, pero Rice confiaba en sus ideales. En esos sistemas basados en el juego atlético salió un diamante en bruto que propuso algo diferente. Fulks, aparte de adaptarse a lo que le pedía su entrenador, fue el precursor del tiro en suspensión.

El año de Fulks con Miller

John Miller había sido un jugador de Murray, pero realmente nunca terminó de destacar sobre la pista aunque tuviera una buena forma de entender el deporte. Fue esto lo que le llevó hacía ser el relevo de Mountjoy y el nuevo instructor de ese tirador que había causado tendencia con su mecánica de tiro. El cambio de hombre a las órdenes del vestuario sirvió para darse cuenta del valor real de Fulks.

Con Miller a las riendas solamente firmaron una temporada para el recuerdo de las varias que estuvo allí, y no fue casualidad que coincidiera con el power forward. El impacto de Joe seguía creciendo hasta el punto de mejorar el balance de victorias de su primera season y quedar cuarto en el Torneo Masculino de la primera división de NAIA.

La carrera de Fulks parecía ir en trayectoria ascendente. Un joven chaval que había dominado en la liga universitaria durante dos temporadas y lo mínimo que se esperaba era verle con una elástica de la NBA o BAA en aquella época. El giro de la historia llegó cuando al finalizar el curso donde luchó por ser campeón dejaría de lado el baloncesto para ocupar una profesión distintas unos años.

Adiós a las pistas y hola a las trincheras

En 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, por su atletismo y capacidades mentales fue inducido a alistarse como marine en mayo, poco después de haber sido baloncestista semi-profesional. Joe fue introducido en el 3er batallón de la novena infantería, que ya existía desde la Primera Guerra Mundial, pero había cesado en sus operaciones una vez finalizado el primer conflicto.

Fue en febrero, cuando Fulks disputaba la temporada regular con Murray, cuando se reactivó este cuerpo militar. Una de las primeras paradas fue en Cape Paerata (Nueva Zelanda) en 1943, aunque no fue hasta al incursión de Iwo Jima donde realmente destacó este escuadrón de la Marina durante la Guerra del Pacífico.

Mientras Joe luchaba por la bandera de su país no se habían olvidado de su estancia en Murray St. Con el ex-jugador entre las trincheras, su camiseta con el dorsal 26 se colgaba en lo alto del pabellón. Este acto simbólico fue el único momento de relación con el baloncesto mientras era un soldado, pero realmente lo que él quería era volver a disputar otro tipo de guerras donde no había armas sino un balón naranja que rebotaba sin hacer daño a nadie.

NBAE

Jugar al baloncesto no se olvida

Estar en un altercado político-miliar no había hecho olvidar a Fulks cual era su objetivo, ser un profesional del deporte que tanto había amado. En 1946, ya con 25 años, tuvo la oportunidad de firmar con los Philadelphia Warriors, una franquicia que siempre recordará las temporadas que vivieron con el ala-pívot entre sus hombres.

Pese a haber dejado de lado el basket, su regreso no dejó indiferente a nadie en la BAA. Siendo un rookie su huella se empezaba a grabar en la historia de la liga, puesto que anotando 23’2 puntos de media fue el máximo potencial ofensivo. Las ganas por regresar a esta disciplina le armaron de fuerzas para liderar a sus Warriors a conquistar el anillo de 1947.

Desde el año del campeonato hasta 1949, Joe se volvió un fijo en los mejores quintetos de la competición. El parón en el que cambió la pelota por el arma de fuego pareció que jamás existió dado que había vuelto mejor que nunca y rompiendo las expectativa que tenía puesta cuando jugaba en Murray St. La sensación fue de que entre las barricadas dedicó gran parte de su tiempo a perfeccionar sus habilidades baloncestísticas durante todos los ratos libres, y quien pensara eso no se equivocaba.

Petey Rosenberg, un miembro del equipo de Gottlieb en los viejos Sphas, fue quien le habló a Eddie Gottlieb, quien dirigía a los Phila de aquella época, sobre un soldado al que había visto jugando a baloncesto con unas cualidades maravillosas. En Pearl Harbor fue donde nació la oportunidad de Fulks para ir a cumplir “el sueño del jugador de baloncesto americano”. Su primer contrato fue minúsculo, por no decir testimonial, y es que cobró 5.000 dólares al año. Esta cifra le pareció poco y pidió 8.000 dólares, algo que asustó un poco a la directiva del equipo y obligó al jugador a trabajar duro para conseguir el trozo gordo de pastel con el tiempo tras esa poca confianza en su llegada a la profesionalidad.

El resto ya es historia del baloncesto. Esas noches de anotaciones por encima de los 60 puntos como el 10 de febrero de 1949 con un partido de 27 tiros de campo y 9 tiros libres anotados haciendo un récord que estaría años intacto. En esta velada anotó 63 puntos, con 30 de ellos antes del descanso, siendo un récord hasta que Elgin Baylor le superó el 8 de noviembre de 1959.

Una vez retirado del deporte, Joe se dedicó a ser director de recreación en la prisión del Estado de Kentucky. Su novia y él vivían tranquilamente en el Condado de Marshall hasta que el 21 de marzo de 1976 cambiara su suerte. Después de sobrevivir a una guerra, literalmente a una guerra, murió irónicamente a disparos por el hijo de su compañera sentimental en mitad de una discusión. Se podría que decir que… ¿Quién a hierro mata a hierro muere?

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Perfiles NBA

Lou Williams, the Underground GOAT

The Underground GOAT. El mejor sexto hombre de la historia, un puesto que no pertenecía a Sweet Lou, pero que abrazó por necesidad, por darwinismo.

gasalvarez@gmail.com'

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Boomin’ out in South Gwinnett like Lou Will

6 Man like Lou Will, 2 girls and they get along like I’m (Lou Will)

Like I’m Lou Will, I just got the new deal

6 man, “If Your Reading This It’s To Late”

Drake

Uno de los grandes raperos del momento te escribe una canción, y de sexto hombre pasas a ser un icono pop. Sobre todo porque el mundo se entera de que andas por allí con dos novias. Los versos de Drake sobre Lou Williams no son más que una anécdota de la vida de unos de los mejores jugadores de banquillo que jamás ha visto la NBA, una anécdota que dio mayor visibilidad a un jugador habitualmente abandonado a la deriva mediática, que siempre destaca a las estrellas individuales en el océano de la liga.

Como el bueno vino, sin embargo, a Lou Will le ha sentado bien el paso de los años, tan bien que él se siente en su mejor momento deportivo. Sus números y su incidencia en la franquicia de Los Angeles Clippers, descabezada de lo que entendemos por estrellas convencionales, confirman sus sensaciones.

Lou, cuando escribo esto, está muy ocupado enviando a los vigentes campeones de la NBA al espejo del baño, donde se miran, buscan los síntomas y no encuentran, por mucho que remuevan en el botiquín dentro del armario, el analgésico adecuado. En una NBA capitalizada por el relato de las estrellas destaca el hecho de que los Clippers, liderados por dos hombres de banquillo –el propio Williams y Montrezl Harrell–, estén peleando contra los Warriors en playoffs mientras LeBron James y sus Lakers se lamentan acurrucados en el sofá de sus casoplones.

El valor colectivo cotiza al alza

Es  mérito de tipos como Lou, humildes, centrados y nada ostentosos, por mucho que se hable de sus dos novias. Según él, tampoco es algo raro en el mundo de la NBA y, siendo sinceros, no es raro en esas esferas de la sociedad. “Tengo que escuchar sobre eso cada día, cada día”, bromea Williams en un perfil de Sports Illustrated. “Hay más jugadores de lo que piensas que hacen eso. Yo solo fui el primero del que se habló en una canción”. Para los más curiosos, Lou deslizó que dejó de verse con una de sus novias, y hasta aquí sabemos.

Vayamos al baloncesto y a sus inicios. Lou compara su estilo en la cancha con el de Rick Ross, porque “es alguien con actitud relajada y que simplemente consigue resultados [en su trabajo]”. Williams de hecho, es un amante de las rimas y los beats. En el instituto, cuando no estaba atento a los profesores, se dedicaba a escribir algunos versos, lo que le ha llevado inevitablemente a tener buen rollo con varias estrellas del rap. Además de rimar, Lou también dejaba marca en el parqué, y de hecho fue proclamado Naismith Prep Player of the Year en 2005, galardón que destaca al mejor jugador de todo Estados Unidos en el instituto. Terminó su trayectoria escolar como segundo máximo anotador histórico en el estado de Georgia. Boomin’ out in South Gwinnett like Lou Will.

Lou apuntaba a primera espada, y tan buenas eran sus perspectivas que optó por saltarse la etapa universitaria y dar el salto directo al Draft NBA. Su mal rendimiento en los entrenamientos previos le enviaron hasta el puesto 45 de la segunda ronda. Un paso atrás que él, con su carácter, convirtió posteriormente en dos pasos al frente.

El espejo de Iverson

En los Philadelphia 76ers, Lou encontró un buen espejo en Allen Iverson. La estrella que él podía ser pero que jamás sería. “Nunca te he visto anotar en un partido de verdad”, le espoleaba AI en uno de sus primeros entrenos con los Sixers.

Williams se fijó mucho en el juego de Iverson, pero la NBA de ese momento había pasado página y buscaba otras características más allá del anotador puro. Además, para eso estaba AI en Philly todavía. Sus dos primeros años no dejaron pistas de lo que escondía ese menor de edad flacucho. Quizás sí que dejó alguna pista el hecho de que él mismo pidiera bajar a jugar con el equipo afiliado de la D-League.

Allí tuvo minutos y pudo destacar, y con los rumores de la partida de Iverson, Williams volvió al equipo y, la siguiente temporada, se estableció como un jugador solvente: le metías, anotaba, cumplía con su papel sin estridencias. Se ganó la extensión con su equipo  y fue creciendo como elemento clave del banquillo. Tras quedar segundo en las votaciones de mejor sexto hombre de la temporada 2011-12, Williams fue traspasado a los Atlanta Hawks.

Con los georgianos tuvo mala fortuna, se rompió los cruzados en su primera temporada  y no encontró su mejor ritmo en la segunda. El traspaso estaba a la vuelta de la esquina: Toronto Raptors es donde Lou empezó a llamar la atención de las gradas.

6th man

Primero la canción de Drake, pero sobre todo un temporadón como mejor sexto hombre de la liga –15,5 puntos, 1,9 rebotes y 2,1 asistencias en 25 minutos de juego–, le labraron cierta fama en la liga. La lógica hubiera sido renovar con Toronto, pero la lógica no cuaja a veces en la NBA.  Su gran campaña acabó en traspaso, quizás cuestión de cotización al alza y algún recelo técnico. Acabó en Los Angeles Lakers, donde acumuló en un año casi las mismas titularidades que en sus siete temporadas en Filadélfia –35 y 38 respectivamente, acumulando 110 partidos de 936 como titular en toda su carrera–.

Williams cumplió de sobras, pero los Lakers eran los mismos de hoy en día, un conjunto depresivo para dentro y para fuera. Lou mostró su frustración al volver a cambiar de cromos dos veces más en medio año. Acabó la temporada de 2017 en Houston y empezó la de 2018 con los Clippers, donde por fin escuchó lo que hacía tiempo que anhelaba escuchar. Con 32 años, Doc Rivers supo ver lo que el resto de equipos no habían visto: un tremendo líder del vestuario y un jugador dispuesto a hacer lo fuera por ayudar al colectivo.

La estrella está en el banquillo

“Yo sí te quiero aquí, para largo”, recuerda Williams sobre su primer encuentro con Rivers y sus palabras. Con 31 años, Lou sacó su mejor juego a relucir gracias al esquema colectivo planteado por Doc, que define así a su actual plantilla: “Quizás no tenemos a muchos tipos que encajen en el criterio tradicional de estrella, pero tenemos a muchos tipos que juegan como estrellas”. Williams selló su segundo premio de mejor sexto hombre de la temporada con 22,6 puntos, 2,5 rebotes y 5,3 asistencias por partido en 32,8 minutos de juego. Los Clippers centraron algunos focos gracias a su juego y a su valor de equipo sin estrellas de primer calibre.

Esta temporada ha sido más de lo mismo, incluso mejor si nos fijamos en los términos relativos. Williams, que se la está liando a Golden State Warriors en la primera ronda de estos playoffs, terminó con 20 puntos, 3 rebotes y 5,4 asistencias por partido en –¡atención!– 26,6 minutos de juego. Efectivo y eficiente como nunca. Su año bien le podría valer su tercer título como mejor sexto hombre de la temporada, un hito solo conseguido por otro histórico Clipper como Jamal Crawford.

Los números están allí, pero la verdadera importancia se esconde entre bambalinas. “Si quieres formar parte de un equipo, ser un jugador de equipo, y realmente lo dices en serio, aceptas el papel que te toca”, comenta Lou en conversación con The Undefeated. “Siempre escuchas esos clichés de ‘voy a hacer lo que sea para ayudar a que el equipo gane’. A mi me pusieron en esa situación. Tenía que predicar con el ejemplo. Sentirlo de verdad. Esa parte se quedó conmigo. Siempre quise ser recordado como un jugador de equipo y no un egoísta”.

De hecho, más allá del valor colectivo que aportan tipos como Williams a la liga, también hay un punto de mentalidad de nuestra sociedad en la que Lou toca hueso. Así nos lo explica él: “Empiezas a hablar con tu familia y nadie te va a decir que deberías aceptar un papel de banquillo. Te van a decir, ‘deberías ser titular, deberías ser una estrella’. Eso fue un contratiempo que me encontré muy pronto en mi trayectoria. Tuve que lidiar con ello”.

Lo que Williams viene a decir es aplicable a la NBA y a la vida. En estos tiempos de capitalismo salvaje, hiperconectado e hipercompetitivo, hay alternativas a la cultura dominante que promueve al individuo que es superior al resto. En el planeta hay casi 8.000 millones de personas, y no todos podemos encajar en el molde. La clave está en entender la posición de cada uno y trabajar duro: no para ser el mejor en algo, sino para ser la mejor versión de uno mismo, que es algo muy distinto. El primer tipo de persona no ayudará al prójimo, mientras que el segundo será un excelente contribuyente a la hora de mejorar lo que sea: un compañero, un equipo, una vida, una familia.

Ver a Lou Williams con la pelota nos recuerda dos cosas: hay que ser bueno, pero sobre todo hay que ser generoso y currante con las miras puestas en mejorar a tu entorno.

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SKYHOOK #16

 

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