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Después de tanto esperar llegó la paciencia

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Nadie nace corriendo. Antes hay mucho recorrido. Para aquellos padres primerizos que se ven envueltos en dudas, es habitual la preocupación porque su pequeño no gatea. Posteriormente, porque este no anda. Son numerosas las caídas, algunas aparatosas, las que hacen el camino. Como lo fueron para los Sixers las temporadas de derrota tras derrota en medio del tan nombrado y hoy vanagloriado Process. Como han sido para James Dolan los años recientes como propietario de los New York Knicks. La franquicia, una de las entidades deportivas más conocidas en todo el mundo, ha deambulado en busca de no solo victorias, sino también, más doloroso esto aún si cabe, de personalidad. ¿Quiénes son?, ¿qué hacen? y ¿cómo lo hacen? Tropiezo, tropiezo y tropiezo. Siempre saltándose pasos, siempre buscando el oro a prisa. Distintos cuerpos por las oficinas, distintos pies corriendo sin rumbo sobre el parqué. Pero algún día todo tendrá que cambiar. Y eso no significa optar a todo, tampoco tener opciones reales para escalar hasta la cima. Probablemente la mejor noticia que puedan dar a sus aficionados en el día de hoy es que no hay expectativa alguna. Por una vez no hay brillo, por una vez hay paciencia.

La NBA vive un curioso proceso dentro de su historia en construcción. Se podría dividir entre aquellas megaentes que golpean con fuerza noche tras noche y aquellas que luchan consigo mismos por algún día alcanzar ese nivel. Para algunos bloques, encontrarse en tierra de nadie había sido la señal más grande posible de su situación. Entre apuestas para el mañana en busca de reconstruir y aquellos que arañan como pueden a los dueños del mundo con residencia en Oakland. La última vez que Manhattan disfrutó de los Playoffs lo hizo viendo a Jason Kidd y Kenyon Martin entre zapatillas y equipaciones. Hoy se recuerda con cariño a unos Jurassic Knicks que solo tuvieron sentido en la singularidad de un pasado que llamaba a tales intentonas. Lo cierto es que aquello tuvo corto recorrido (Rasheed Wallace, Kurt Thomas, Kidd y K-Mart decidieron retirarse ) y la realidad volvió al MSG a golpe de temprano despertador tras un plácido sueño. Desde entonces, siempre ahí. Entre los ganadores y los que quieren poder serlo.

Hoy, tras la fallida intentona de Phil Jackson, todo es distinto. Al menos, por ahora. Scott Perry y Steve Mills han buscado aclarar, en diversas ocasiones, que no se hipotecarán las opciones de crecer del equipo en el mañana por un (posible) mejor hoy. Que las rondas no se tocarán, tampoco los Kristaps, Ntilikina, Kevin Knox y compañía. Y han tenido a Jimmy Butler al alcance de la mano, pero ni una sola llamada gastaron. Solo tienen una cosa que dar, solo hay algo de ellos que pueda interesar al resto. Y no es ni más ni menos que futuro.

Dentro de todas estas idas y venidas, en medio de un huracán de comentarios que no pueden evitarse estando en el mayor escaparate posible, ya hay algo que las oficinas han hecho seña de identidad. El crecimiento puede darse por rutina. Los jugadores aprenden de su día a día, sea este como sea. Pero General Manager y Presidente de Operaciones se han unido con la misma idea: buscar una motivación extra. Hoy todo huele a nuevo, todo gusta e ilusiona. Pero las temporadas son largas y las derrotas pesadas. Para Perry y Mills, las oportunidades son clave. No para ellos, sino para aquellos que buscan un hueco en la liga.

Foto: ESPN

Para Mario Hezonja debe ser un nuevo comienzo. Tras el toque de atención y el baño de realidad vivido en Florida, hoy se ve parte de algo en lo que encaja. Se va a apostar por su desarrollo, se va a buscar única y exclusivamente que todos aquellos que componen la plantilla mejoren en cada entreno y partido. Cada noche es un reto. Y así es para otros como Emmanuel Mudiay, Trey Burke o incluso Tim Hardaway Jr. Encontrar un sitio perfecto para ellos. Hacer que ahí crezcan. Porque en contadas plantillas verían condiciones como estas. Un protagonismo por ganar, unos roles sin definir y, sobre todo, un nombre por hacer que cualquiera con valía y trabajo puede conseguir. No habrá puertas. ¿Lo quieres? ¿Te lo ganas? Lo tienes.

El escolta encontró un inesperado contrato de alta nómina y hoy debe hacerlo valer. Respira tranquilo ante la responsabilidad que le da la baja (hasta febrero, se espera) del Unicornio. Alivia saber que así es. Que acapara con gusto. Que sus primeros años en la liga sirvieron como jarabe de palo. Hoy, un hombre que a ritmo de triple y una selección de tiro aún en construcción convive con los focos.

Inevitable es pensar en esa noche de sueños y nervios con la que comienza cada temporada. El Draft es una fuente de talento y, sobre todo, la principal vía de cambio para aquellos que se abrazan a este con la esperanza de un mejor mañana. Así, los Knicks han mirado a través de este. Se han adentrado en el mismo y buscado en sus profundidades. No son solo Ntilikina, Knox y Porzingis. Allonzo Trier y Mitchell Robinson (mediante un pick conseguido en el traspaso de Carmelo Anthony a los Thunder) parecen haber salido de la nada, pero prometen haber llegado para quedarse. Lo avisaba Fizdale durante la pretemporada;  Trier podía entrar entre esos quince que buscaba. Lo hizo y hoy le da libertad para el uno contra uno. Crea desde el bote, tiene descaro y en cada una de sus irrupciones se percibe un impulso especial, el de un jugador preparado con la confianza que nadie le dio. Undrafted demostrando errores ajenos.

La situación de las elecciones altas es bien distinta. Sin embargo, son parte de la mezcla creada como base de lo que queda por venir. Un base francés, un interior letón y un alero que da sus primeros pasos en la liga. Segundo, cuarto y primer año en la liga, en ese orden, y ya líderes. Cometiendo errores y aún con todo por hacer. Sin barba ni experiencia, con tanto por dar como por trabajar para ello. Tan simbólico como realista, que Nueva York tenga en estos sus pilares lo dice todo. Porque ya cuentan con hombros sobre los que edificar, pero sobre todo, porque lo hacen en torno a una identidad reconocible.

El flamante entrenador jefe se ha declarado enamorado de la envergadura y con ellos, la tiene. Pero mucho más que eso, cuenta con lo que precisa cada uno de ellos para ser alguien en la liga. Son actitud y aptitudes, y al fin, pueden serlo en el entorno perfecto. Porque no hay presión, no hay números a los que responder, pero sí metas. Para KP, el cielo. Ser más que un finalizador, ser también generador y protector de su propio aro. Para Frank, madurez. Desde el principio se ha visto en él un stopper en cocción para marcar diferencias. Ahora, debe apretar el gatillo. Agresividad, decisión; también en ataque. Para Knox, el potente primer paso. Tanto en el juego como en su vida profesional. En estos Knicks no hay novatos, no hay escalones. Y eso debe aprovecharlo para andar con firmeza. Tendrá espacio para crearse oportunidades y todo parte de sus largas salidas.

Foto: AP

Fluyendo, dentro de un presente que no grita. Los New York Knicks al fin, después de tanto, de llantos que empezaron con sonrisas, de temporadas tiradas a la basura y contratos tóxicos que ataban de manos, tienen paciencia. Pero esto no es sinónimo de conformismo. Para Fizdale, la competición lo es todo. Que dentro del plantel no haya escalones es un acicate para el equipo más joven de toda la NBA. Capaz de hacer adentrar en el quinteto inicial a sus rookies si así lo merecen, de dar confianza a alguien necesitado de ella. Damyean Dotson representa todo aquello que buscan y abrazan. Ha entrado con oficio en ese cinco titular cambiante en base a méritos. “Ganar es un hábito” se atrevió a decir el entrenador. Como vivió en Miami y ahora importa a NY, las victorias no llegan porque sí y así está haciéndolo ver a los suyos. Perderán, a buen recaudo, muchos partidos. Pero ninguno será regalado. Porque la lucha no se negocia. Quiere retos, quiere disputa. El resultado también puede ser una herramienta para el progreso. Todo final apretado será una prueba y llegar a él con vida, en muchas ocasiones, será un premio.

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Los Jazz que no conociste

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With the third pick in the 1982 NBA Draft, The Utah Jazz select Dominique Wilkins…

Un lujo innecesario. Aunque la televisión norteamericana se empeñara en pasar esos clips presentando al jugador,  a esas alturas todo el mundo conocía a Dominique Wilkins, que se había convertido en una reluciente estrella universitaria jugando para los Bulldogs de la Universidad de Georgia. Allí había triunfado gracias a un estilo de juego vibrante y letal, casi felino. Dotado de un tren inferior fabuloso, de él se podía destacar su maravillosa facilidad para anotar, algo que había hecho cada noche durante tres años mientras su cotización subía sin cesar. Nombrado como el mejor jugador de la Conferencia Suroeste en su año sophomore,  el impacto que iba a tener como profesional era uno de los debates habituales en cada uno de sus partidos desde hacía meses.

Sin lugar a dudas, el suyo era uno de los nombres más esperados aquel 29 de junio en un Felt Forum en estado de ebullición. La NBA había dejado atrás la oscuridad de los setenta y la nueva década había traído una oleada de talento a lomos de  jugadores carismáticos, encabezados por Larry Bird y Magic Johnson, y esperaba con los brazos abiertos al puñado de nombres ilustres procedentes del baloncesto universitario que albergaba la promoción del 82.

Como no podía ser de otra forma, uno de esos nombres sería el primero en estrechar la mano a comisionado. Los Lakers completaban una plantilla de ensueño con el novato de North Carolina James Worthy, el alero estrella del vigente campeón de la NCAA. Un elección tan lógica como esperada. La segunda se demora unos minutos, hasta que aparece O’Brien y anuncia que los San Diego Clippers se hacen con el talentoso alero alto Terry Cummings, procedente de DePaul. Unos murmullos se hacen notar en la coqueta sala tras el anuncio. Es una elección extraña, ya que los Clippers, que esa temporada han ganado tan solo diecisiete partidos, tienen a Tom Chambers como su mejor jugador. Y Chambers, que ha cuajado una notable temporada de novato, juega exactamente en la misma posición que Cummings.

La elección de los Clippers pilla por sorpresa a Frank Layden, el General Manager de Utah Jazz, franquicia que escoge en tercera posición, y que de repente se encuentra frente a una de las disyuntivas más típicas a las que se puede enfrentar un equipo que elige tan arriba. ¿Escojo lo que me hace falta o al mejor jugador disponible?

La solución a esta respuesta se suele encuentrar en una regla no escrita de la NBA: “draft for talent, trade for need”. O lo que es lo mismo, elige al bueno y ya veremos después que hacemos con eso. Layden no es hombre de experimentos, y tras unos instantes de confusión, el comisionado de la NBA pronuncia la frase que encabeza este artículo. Dominique Wilkins jugará para los Utah Jazz a partir del mes de octubre de 1982. O eso al menos es lo que todo el mundo espera.

Dominique no era la primera opción para Layden, y no precisamente por una cuestión de talento. El alero de Georgia estaba considerado un novato capaz de aportar desde el primer día, pero jugaba en la posición de Adrian Dantley, que la temporada anterior había anotado para los Jazz más de treinta puntos por noche, en su mejor carrera como profesional.

Ese enorme caudal del puntos no habían servido de demasiado a un equipo que después de tres años en Salt Lake City, se encontraba en un punto muy bajo. Durante la temporada regular solo se habían conseguido sumar veinticinco victorias, un rumbo que había propiciado que Layden descendiera del despacho al banquillo, sustituyendo a Tom Nissalke después de apenas veinte partidos jugados, que se saldaron con apenas ocho victorias. Frank tampoco logra enderezar el rumbo de una plantilla con graves carencias en la zona, que depende en exceso del rendimiento de un pívot tan limitado como Jeff “Big Dipper” Wilkins y el marginal Ben Poquette. El draft debería solucionar ese colosal agujero.

Sin embargo, una plantilla de solo veinticinco victorias no es el principal problema de los Jazz. Desde su mudanza a Nueva Orleans, la situación económica de la franquicia es agónica. Sam Battistone, el propietario, nunca ha terminado de creer en el proyecto de un equipo de baloncesto en Salt Lake City,  y por el momento las cifras le dan la razón. Los Jazz están lejos de ser un negocio rentable, y para colmo cada vez atrae a un menor número de fans a las gradas del Salt Palace, que huyen desencantados por la marcha del equipo. Tan complicada está la situación que la posibilidad de una mudanza es algo más que una mera especulación de la prensa, y ya se barajan posibles destinos para los nuevos Jazz.

Ajeno a esos rumores, Frank Layden se reúne con Wilkins a los pocos días de su elección para mostrarle la franquicia por dentro y hablarle de los planes de trabajo de cara al verano. El alero se adentra por las calles de Salt Lake City, y aunque no ve un dichoso hermano negro en todo el trayecto, se acaba haciendo a la idea de jugar allí. Al fin y al cabo, en eso consiste el baloncesto profesional. Durante aquellos días se sucederían distintas conversaciones entre coach y jugador, hasta que llega un momento clave en esta historia, que lo cambiaría todo para siempre.

Layden le expone su plan. Sabe que se equipo necesita puntos por dentro, pero también reconoce que no tiene material humano para eso. Por eso, le propone a Wilkins la posibilidad de jugar a tiempo completo como power forward. Nique piensa  que Layden se ha vuelto chiflado. Había jugado de cuatro en ocasiones puntuales, pero jamás a tiempo completo. Y era inconcebible empezar ahora, ante tipo mucho más altos y pesados que el. El muchacho se toma aquello como un ataque a su juego -“para que demonios me escogieron si querían un pívot” y se opone completamente. Lo hace de una forma tan rotunda que impresiona a una roca como Layden, que se nota incapaz de hacerle cambiar de opinión.  Durante las siguientes semanas Layden lo volvería intentar, pero la respuesta sería siempre la misma. “No soy un cuatro, y nunca lo seré”. La bola de nieve va en aumento cuando los rumores sobre la rebeldía de Dominique saltan a la prensa, momento en el que Layden se plantea algo que hasta hace unos días jamás creería posible. Quizá lo mejor sea traspasar al novato.

Esa percepción no se debe exclusivamente a la actitud del alero. La situación económica de la franquicia ha virado en dramática, y la NBA tiene más dudas que nunca de la viabilidad del proyecto. Los Jazz necesitan una inyección de capital de forma urgente, y la opción de traspasar a Wilkins por un montante económico cobra solidez. Las semanas pasan y el teléfono de Layden echa humo. Durante todo aquel verano no tendría un solo día de descanso, hablando con unos y con otros, intentando sacar un jugador mejor, unos dólares más. Finalmente, el 2 de septiembre de 1982, Dominique Wilkins es traspasado a su destino favorito, los Atlanta Hawks. A cambio, los Jazz reciben a John Drew y Freeman Williams, además de una considerable suma económica -aunque la cantidad no fue revelada en su momento, todas las fuentes hablan a una cifra en torno al millón de dólares de la época-.

No hace falta decir que deportivamente, el traspaso puede estar considerado como uno de los más desequilibrados de la historia favor de los Hawks. Económicamente, un millón en 1982 para una franquicia moribunda puede ser la diferencia entre salir o no a jugar otra temporada más. Sin embargo, lo más llamativo de todo el movimiento son las declaraciones horas después de Sam Battistone. “Otros equipos nos habían ofrecido más dinero por Wilkins, pero también queríamos jugadores de calidad”. Quizá el movimiento había salvado a la franquicia, pero desde luego tomar el pelo a los pocos fans de los Jazz no era la mejor manera de venderlo.

Mientras tanto, a dos mil millas de allí, Dominique Wilkins era presentado por el equipo con el que haría historia durante la próxima década. ”Siempre pensé en venir a Atlanta, desde que estaba en la universidad. Y sin embargo, nunca creí que ese sueño se haría real”.

Uno de los pasatiempos favoritos de cualquier buen aficionado de los Utah Jazz durante los últimos años es especular que habría pasado si en el mismo equipo hubieran podido reunir a John Stockton, Karl Malone y Dominique Wilkins. A esa hoguera echó un poco de leña al fuego el propio Nique en una entrevista a Deseret News, en la que afirmaba que jugando con ambos, probablemente podrían haber ganado algunos campeonatos. En plural.

Siendo unas elecciones no demasiado elevadas -sobre todo la del base- es un ‘what if’ bastante consistente, en el que además parece que la compatibilidad por posiciones sería afactible. Está claro que en teoría sería un equipo capaz de forjar una dinastía y de llevarse varios anillos. Pero ya saben, es teoría. Y en teoría el comunismo funciona.

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Surcando los cielos: desde Ourense hacia la NBA

pablobaena93@gmail.com'

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Darrell Armstrong

Volvamos casi un cuarto de siglo atrás en el tiempo. El baloncesto vivía su época dorada en Ourense. Por aquel entonces, el Coren Ourense –antes Caixa Ourense- disputaba su sexta temporada consecutiva en ACB. Corría la temporada 94/95 y nadie en la ciudad gallega ni, si me lo permiten, en el resto de España, imaginaba lo que podrían llegar a disfrutar con aquel Coren.

En el verano del 94 se confirmaba la marcha de Andre Turner a Zaragoza tras dos temporadas en el conjunto gallego. Y en Ourense tenían la difícil misión de encontrar un base capaz de sustituir al mago de Memphis. Y sólo bastaba con sustituir, porque nadie llegaba siquiera a imaginar que llegara un jugador capaz de hacer olvidar a uno de los mejores bases norteamericanos que ha visto la ACB.

Sí continuaría en plantilla Chandler Thompson. El alero de Indiana disputaría su tercera temporada en Ourense. Allí ya había coincidido con Andre Turner, al que llegó a calificar como el mejor base norteamericano con el que ha jugado. Sí, incluso por delante de nuestro protagonista. Incluso por delante de Darrell Armstrong.

Darrell Armstrong (1968) siempre soñó con ser un jugador profesional de fútbol americano. Su primera experiencia con el baloncesto llegó tarde, muy tarde. Sería en su último año en la High School. Fue Jeff Capel, entrenador de la Universidad de Fayetteville, quien insistió en su potencial como futuro jugador de baloncesto. Y no se equivocaba. Armstrong, “El astronauta”, no llegó a ser drafteado en la NBA, pero el deseo de pertenecer a la mejor liga del mundo nunca llegó a borrarse de su mente.

Tras varias temporadas en ligas estadounidenses de menor entidad, el base americano decidió cruzar el charco, volar a Europa y allí hacerse grande. En febrero del 94, Randy Knowles, figura crucial en la historia, llega a Ourense como primer entrenador para sustituir a Manuel Gómez. Y unos meses después, es el propio entrenador quien apuesta por un base desconocido para el gran público. Un base que jugaba para el AEK Larnaca, conjunto de la propia ciudad de Larnaca, perteneciente a la liga chipriota de baloncesto. A Ourense llegaba Darrell Armstrong.

Durante aquella temporada, dos nombres estaban llamados a ser los protagonistas del baloncesto orensano. Ellos eran Darrell Armstrong y Chandler Thompson. Adelantándonos a los acontecimientos, los resultados del equipo no fueron los mejores, pero vaya si dieron que hablar.

Armstrong se iba cada noche hasta los treinta y nueve minutos de juego, superando los veinticuatro puntos y cuatro rebotes por partido. Se erigió, desde el comienzo de la temporada, como el jugador estrella de aquel Coren Ourense. Nadie, absolutamente nadie, apostaría que con sus 182 centímetros de altura su mayor virtud fuera la de elevarse hasta el cielo para dejarnos con la boca abierta cada vez que destrozaba el aro. El espacio era su hábitat natural. “El astronauta” de Ourense.

Que Darrell Armstrong nos dejara boquiabiertos con cada mate, sin embargo, no quitaba que sus promedios desde más allá del 6,25 fueran sencillamente espectaculares. Intentó, como media durante toda la temporada, casi nueve triples por partido. Pero lo mejor era que obtenía un cuarenta y dos por cierto de acierto en dicha faceta. A pesar de tales números,, propios de un tirador nato, Armstrong era uno de esos jugadores que dependía, casi en su totalidad, de su potencia física, lo que provocó que su incidencia en el juego disminuyera con el paso del tiempo.

Sólo un mes bastó para que Armstrong hiciera olvidar a Andre Turner en Galicia. Fue en septiembre, nada más llegar a la ACB, cuando fue nombrado mejor jugador del mes. Se fue, durante el primer mes de la temporada, hasta los ciento cincuenta y nueve puntos, convirtiéndose en el máximo anotador de toda la competición. Su impacto fue tal, que todos quedaron asombrados con el base americano. Desde su entrenador, pasando por sus compañeros de equipo, hasta el último aficionado en llenar el Pazo dos deportes.

Randy Knowles definía a Armstrong como un trabajador nato. Un jugador que siempre quería mejorar, llegar a ser el mejor. Pero a la vez, ayudar a sus compañeros y a su equipo. En definitiva, y en palabras del entrenador americano, Armstrong era un fuera de serie. Él mismo, tras ser nombrado como mejor jugador del mes de septiembre, achacaba tal éxito a sus compañeros. Darrell Armstrong era un jugador de equipo y había elegido Ourense para crecer en todos los aspectos.

Su excelente temporada no pasó en vano. Como era de esperar, las actuaciones con las que deleitaba cada noche aquel americano bajito con la habilidad innata de surcar los cielos, llamaron la atención de todo aquel que tuviera un ojo puesto en el baloncesto europeo. Y ahí, como no, entraban todas y cada una de las franquicias de la mejor competición de baloncesto del planeta. En especial, hubo alguien que quedó totalmente maravillado con el juego de Armstrong. ¿Su nombre? John Gabriel, GM de los Orlando Magic.

Armstrong sabía que su temporada había llamado la atención. Y estaba totalmente en lo cierto. El Coren Ourense no llegó a cumplir el sueño de alcanzar los puestos que daban acceso a competiciones europeas a pesar de la gran temporada de sus dos estrellas americanas. Pero aunque los objetivos colectivos no se alcanzaran, “El astronauta” sí que había conseguido aquello por lo que tanto había luchado. Fue en el verano de 1995 cuando John Gabriel decidió apostar por Darrell Armstrong. Y así fue como Ourense se convirtió en una puerta directa hacia la NBA.

El carácter de Armstrong dejaba claro que su lugar era la NBA. Dio todo lo que tenía en Ourense, haciendo disfrutar a todos y cada uno de los aficionados al baloncesto en España. Durante la competición y durante el All Star ACB. En aquel año, el concurso de mates se lo jugaron entre Armstrong y Thompson, dos de los matadores más espectaculares que tuvo aquella temporada el baloncesto español.

Los Magic fueron la casa de Armstrong durante las próximas ocho temporadas. Igual que en la ACB, “El astronauta” dejó su huella marcada en la historia de la competición americana. Aún mantiene el hito que consiguió en el año 99, al ser nombrado como Mejor sexto hombre y jugador de mayor proyección en una misma temporada. Un récord que aún, casi veinte años después, sigue llevando el nombre de Darrell Armstrong.

Hornets, Mavs, Pacers y Nets fueron los hogares que siguieron a Orlando. Una temporada en cada una de las franquicias, para terminar retirándose del baloncesto profesional como jugador. Hoy en día, cumple su novena temporada como miembro del cuerpo técnico de los Mavs, donde consiguió el anillo de campeón de la NBA en 2011.

Darrell Armstrong fue un icono en Ourense, cuando la ciudad gallega vivía su propia edad de oro en el baloncesto. Pasó un cuarto de siglo, pero su silueta aún queda marcada en las alturas del Pazo dos deportes. Y de cada cancha ACB que visitó en su única temporada en España. Fue en 1995 cuando Armstrong surcó los cielos desde Ourense en dirección a Orlando. Cuando Ourense se convirtió en una puerta hacia la NBA.

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Crece y brilla

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Te mira a los ojos y te envuelve. Rápidamente se define como comunicador, como hombre capaz de atraer a quien sea con la palabra. Ante cualquier pregunta reacciona con naturalidad, sin necesidad de artificiales gestos ni actuaciones. Pero hoy lo hace desde la experiencia. Desde la perspectiva que le dota haber pasado por diversidad de escenarios. Porque el entrenador NBA del presente necesita cautivar, pero sobre todo debe saber gestionar. Los egos, las personalidades, los tiempos y los talentos. En eso siempre destacó. Erik Spoelstra ha dibujado con sus propias manos la cultura de los Heat y hoy no se imagina a la franquicia de Florida sin él.

El base de origen filipino, nombrado freshman del año en la West Coast Conference en 1989, había crecido en un entorno inmejorable para formarse como hombre de parqué. Porque su padre, Jon, fue ejecutivo de Blazers, Nuggets y Nets, pero sobre todo, porque así quiso hacerlo. “Cuando creces en ese ambiente no piensas en eso. Y probablemente incluso te molesta cuando eres un niño. Porque constantemente (su padre) me estaba retando a pensar de manera más profunda de lo que lo hacía.” Se colaba con insistencia en cada entrenamiento de la franquicia de Oregon, bromeaba con soltura con Rick Adelman y aún hoy mantiene amistad con su hijo David.

El matrimonio se produjo entre bambalinas. En el oscuro trabajo de aquel que está y solo aquellos que están a su lado valoran. Años atrás, solo era un extranjero en Europa. “Quería experimentar algo nuevo culturalmente. Me quedé en casa para ir a la universidad, en Portland.” Una vez se licenció en Comunicaciones, eligió su camino. Al menos el principio de este. Y estaría alejado de la NBA de la que llevaba años mamando.

The New York Times

El reto que aceptó en Alemania fue tan curioso como enriquecedor. Volaba para cruzar el charco y sumergirse en otro bien diferente. “Aprende el idioma y prueba su comida. No seas el americano desagradable” le aconsejaba Jon. Allí firmaría por el TuS Herten. El club militaba en la segunda división germana y los ingresos que obtenía apenas le hacían tener la consideración de profesional. Erik hacía de jugador/entrenador y, cuenta, antes de los entrenamientos él llevaría los balones y se reuniría con el head coach del equipo entre cervezas para revisar las jugadas de cada partido. Para dibujar un retrato aún más bizarro de tal experiencia, el hoy líder de los Heat relata cómo esperaban anotación de un base norteamericano y se encontraron con un filipino de metro ochenta y ocho. “Pude ver la decepción en sus caras”. Más responsabilidad tendría en el combinado infantil del mismo club. Dueño, allí sí, de la pizarra en su totalidad.

Aunque reconoce no haber sido un buen jugador, hay algo de lo que se muestra especialmente orgulloso. Logró firmar un contrato de dos años. “No hay manera de que hubiera conseguido eso basándome únicamente en mi juego”. Se hizo alguien, se dibujó a sí mismo. Y lo hizo del mismo modo en el que ha convertido a South Beach en su casa. Del mismo modo que hoy llaman cultura a lo creado por él en Miami. Trabajo, compromiso y unión, receta mágica. “Realmente fue porque intenté aprender alemán, por intentar sumergirme en la comunidad del equipo, en la organización y fui correspondido”. Eso es a lo que llaman espíritu aventurero. Entendió que para sacar provecho del momento debía vivirlo en su plenitud. Que tenía que exprimirlo en su totalidad. No podía ser cínico ni encerrarse. Porque sí, tenía bastante sembrado solo con nacer donde nació. Pero su verdadera suerte fue tener tal personalidad. Solo así se comprendería el futuro que le quedaba por venir. Aquello por lo que hoy es conocido.

Tras su primer año en Europa recibiría una oferta desde Oregon. El instituto Sherwood le quería como entrenador jefe del equipo masculino y Erik accedió. Solo una semana duró tal decisión en su cabeza. Prefirió seguir en el viejo continente. Aún tenía camino que dibujar y muchos pasos que dar. Sin embargo, las canchas serían pasajeras. Al menos al galope. Porque su cuerpo no le permitiría mucho más. No iba a ser uno menos, el físico dicta sentencia y así sería en su caso. La espalda diría basta y tendría que hacer la maleta al término de su segunda temporada en busca de nuevas oportunidades.

Como pudo, en el verano de 1995 hizo llegar su currículum a diversidad de universidades norteamericanas. Buscaba, ahora sí, un hueco entre los banquillos. Los Heat pateaban el mercado persiguiendo su identidad, querían alcanzar la modernidad dando un paso adelante en cuanto a métodos que se viera reflejado en los resultados. Innovar para ganar. Jon intervino. Llamada telefónica mediante, puso a su hijo en el radar. Chris Wallace, por aquel entonces general manager de la franquicia, buscaba entrenador jefe, pero era pronto. Entre las tareas a realizar para la mejora del equipo había una que despuntaba sobre el resto. ¿Qué hacer para mejorar al jugador de manera novedosa? El vídeo era la respuesta. Los requisitos no eran, claro, comparables a los que hoy se pedirían. Más bien, se entendían como eliminatorios. O bien encontraban a alguien capaz de entenderse con ordenadores y cámaras o se hacían con alguien que supiera leer el baloncesto.

Con veinticinco años, Spoelstra tenía en su mano la opción de entrar por la puerta de atrás al mundo al que verdaderamente pertenecía. Fue una apuesta entre amigos lo que le hizo dar el paso adelante. Pero ni la rúbrica estaba sobre el papel, ni la decisión sería tan fácil de tomar. Cuando recibió la invitación oficial de los Heat a entrevistarse, su respuesta fue no. Al menos en esa fecha. Erik tenía entradas para un concierto de los psicodélicos Grateful Dead y no quería dejarlo pasar. Fue su hermana quien dio el debido toque de atención. “¡¿Has perdido la cabeza?!”

Foto: Ballislife.com

Así, ‘La Mazmorra’ se convertiría en su nuevo centro de operaciones. En más que una oficina, el lugar donde la pasión hacía frontera con la obsesión. La habitación rezumaba improvisación. Porque no fue creada para ello, sino, más bien, preparada una vez los planes surgieron. Alejada de las oficinas del antiguo Miami Arena, fue equipada con varios reproductores de cinta VHS y estantes para recopilar decenas de vídeos. Spo rara vez disfrutó de la climatología floridiana. Pasaba horas y horas frente a la pantalla, noches sin dormir ultimando detalles, trabajando en todo aquello que se le pedía. Algunas veces, incluso, apuraba tanto sus análisis que tenía que conducir hasta el aeropuerto para entregarlo a mano casi en la puerta del avión. También ganó experiencia culinaria y en la lavandería. Se prestaba a todo, tanto al scouting como a preparar cafés para el staff técnico.

 

“A veces ser un coordinador de vídeo y scout te prepara mejor para ser entrenador que ser asistente. Estás forzado a mirar los movimientos y muchas cosas. Tenía un gran depósito de conocimientos de baloncesto”. -Pat Riley

Cuatro años después, con veintinueve, sería nombrado responsable de scout de la franquicia. El personal que compartió experiencias con él reconocería a la postre oler algo especial de su parte. Se han declarado sabedores de estar ante alguien que desde pronto propondría algo distinto, que desde bien temprano apuntaría a lo más alto. Para Van Gundy, con quien trabajó hasta su dimisión en 2005, la sorpresa no ha sido tal. “Desde muy pronto en su carrera todos sabíamos que acabaría donde es. No creo que nadie se sorprenda de que haya alcanzado ese nivel. Erik puede decir que está sorprendido, pero nadie más en la organización lo está”. Más explícito aún fue Riley, quien ha confiado en él de manera incansable desde el principio hasta el día de hoy. “Su manera de pensar estaba fuera de lo normal como scout o como entrenador, ya fuera una historia sobre un jugador, cualquier cosa para esa noche basada en algo que pasó con un rival, una cita de un libro que había leído, un clip de las noticias de USA Today… Había cosas que muchos chicos probablemente no habrían mandado al entrenador”.

Veintitrés años después, es tendencia. Con dos anillos en su haber, cuatro finales disputadas y solo cuarenta y siete años, Erik Spoelstra es uno de los mejores entrenadores de la NBA. Su llegada fue casual, su ascenso totalmente causal. Nunca tuvo nada que no mereciera. Tampoco el enchufe. Porque las oportunidades son de quienes saben aprovecharlas y nadie mejor que él para contarlo.

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