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Reflejos

Noble Indian Chief

Durante más de dos décadas, la enorme figura de Robert Parish fue el antihéroe por antonomasia de la NBA. Un tipo diferente, callado y serio. Pero sin lugar a dudas, uno de los grandes mitos de su tiempo.

Getty Images

Contaba con apenas 16 años de edad y ya iba a descubrir lo doloroso de tener que hacer las maletas. El joven Robert había nacido en Shreveport a la altura de 1953, en el extremo noroeste de Louisiana. Acostumbrado al pequeño Junior High School, ahora las políticas de desegregación racial lo llevaban al Woodland High. Debido a su altura (alcanzaría en edad adulta los 2’16 metros), probaría fortuna en el equipo de baloncesto, muy influenciado por el primer entrenador que tuvo, el severo y sabio Coleman Kidd. Por supuesto, como recién llegado, debería conformarse con la primera camiseta que estuviera libre. Entonces pareció que aquellas dos cifras le escogieron como por arte de magia: el doble cero. Un dorsal con que se haría una leyenda de la NBA, si bien Robert Parish no podía saberlo cuando se la enfundó por primera vez.

La oferta diabólica

Incluso aquellas personas que le odiaban, que no eran pocas, solían admitir que podía iluminar un pabellón con su mera presencia. Arnold “Red” Auerbach era el alma de los Boston Celtics, el termómetro de una franquicia que hizo crecer bajo los hombros de gigantes como Bill Russell. Con todo, el gran mérito del inventor del puro de la victoria era su capacidad de reinventar al Boston Garden para dominar una década detrás de otra. Para los ochenta, Red tenía un plan maquiavélico. Y Roberto Parish iba a desempeñar un papel clave en ello. Simplemente, el muchacho de siete pies no lo sabía.

Antes de aquel agitado verano de 1980, el imberbe Robert había hecho suficiente ruido en Centenary, una modesta universidad de su Shreveport natal. Una presencia un tanto molesta para las normas de la NCAA que requirió sanciones bajo rumores de que se habían trucado algunos de los resultados académicos para que el center pudiera llegar a los mínimos exigidos en el torneo. Superado aquel mal trago, arrancó en 1973 una etapa de fantásticos números donde no abandonó aquel programa, sin importar los cantos de sirena de otras potencias universitarias. En un ambiente de aula predominantemente metodista, nuestro protagonista fue madurando y asumiendo responsabilidades como su prematura paternidad. Contaba con apenas diecinueve años y ya tenía dos hijas.

En ocasiones, la diosa Fortuna le sonrió de una manera decisiva cara al futuro. Los Utah Star le pusieron sobre la mesa una oferta muy tentadora y con dinero fácil en 1976. Solamente los ruegos de sus progenitores impidieron que firmase por la ABA. No podía ni imaginarlo, pero al cumplir el deseo de sus progenitores de acabar los estudios superiores pudo apreciar de primera mano que aquel campeonato tan mítico iba a terminar desapareciendo en beneficio de la NBA. 

Con un mejor provenir garantizado, más allá de su impertérrito rictus, Robert Parish estaba preocupado cara a su desembarco como profesional. Promediaba con insultante facilidad 22 puntos y 17 rebotes en sus últimas campañas en la NCAA, pero siempre reprochó a su técnico Larry Little no haberle apretado más las clavijas. Su poderío físico hizo que sus superiores fueran conformistas y no trabajaron con él individualmente para mejorar en cuestiones técnicas que le habilitasen salir de la zona de confortde los hombres altos.

Aparentemente, tuvo mucha suerte al ser seleccionado por los Golden State Warriors en 1976. En San Francisco ya sabían qué suponía ganar un anillo y contaban con un jugador franquicia de máximo nivel con Rick Barry. Eso sí, el infalible escolta poseía en aquellos compases de su carrera un acrecentado narcicismo y falta de paciencia para lidiar con sus compañeros. El entrenador en la Bahía, Al Attles, admitió que se equivocaron de pleno al entusiasmarse con aquella torre de 2’16 metros. Querían que Parish funcionase de inmediato y carecieron de la necesaria calma con él.

Solamente halló un verdadero oasis en un vestuario proclive a la tensión: Clifford Ray era un veterano que competía por el puesto del rookie, aunque pronto se hicieron buenos amigos. Ray se sabía todos los trucos para mantenerse estable en una jungla donde era fácil perderse, la NBA. A medida que cultivaba su compañía, Parish aprendió a mejorar su alimentación y a tomarse son seriedad el cuidado de su cuerpo, no confiando en que la juventud fuera a ser eterna.

Paralelamente, un gran general manager tenía quebraderos de cabeza, sus meticulosas maniobras no estaban materializándose. Frustrado por las calabazas que le había dado Ralph Sampson, Auerbach y sus colaboradores seguían a la caza de una fuerza interior con futuro que pudiera garantizarles la lucha bajo tableros durante la década los ochenta. Empezaron a mirar cada vez más al center de unos Warriors en caída libre, pero donde el pívot funcionaba: lograba dobles-dobles con facilidad y hasta rozaba el 50% en porcentaje de tiros de campo. Tal vez sin percibir la buena influencia que Clifford Ray había ejercido para que vigilase sus debilidades, el cuerpo médico de Golden State señalaba en los despachos que con la envergadura y peso de Robert Parish, el atleta solamente podría mantenerse por tres o cuatro años a buen nivel físico, sobre todo por los tobillos. Es decir, la franquicia podía terminar escuchando ofertas por alguien interesante, aunque con la reticencia que provocaba estar haciendo buenas estadísticas en un equipo que no suele ganar partidos.

Con una sonrisa diabólica, Red encontró el cebo. Casi parecía sonar la música de El golpe (1973) en su cabeza. Joe Barry Carroll. Un muy buen interior en Purdue del que todos los informes hablaban maravillas. Muchos lo querían, pero Boston podía seleccionarlo antes. Auerbach empezó a filtrar lo entusiasmado que estaba por hacerle vestir de verde. Pete Newell, ejecutivo de los Warriors, inició conversaciones con Fitch. Ni siquiera los más sagaces observadores fueron conscientes de que la elección que ansiaban hacer era Kevin McHale, un chico de Minnesota con largos brazos que parecían haber nacido para defender.

Auerbach inició las promesas e intercambios de cromos por derechos con su usual astucia, terminando por lograr en la transacción a Robert Parish. Un traspaso que no vino auspiciado por un gran relumbrón, pero terminó siendo un éxito total para el trébol. Carroll hizo buenos números como profesional, aunque los Celtics fueron quienes colocaron los cimientos de un Big Three de hombres altos que sería temido, respetado y envidiado en todos los pabellones de la NBA,

El Jefe

Cedric Maxwell notó un extraño déjà vu. Alero estrella de los orgullosos verdes, sentía que a aquel recién llegado lo había visto en algún sitio antes. Entonces lo tuvo, una chispa que supo contagiar al resto del Boston Garden. El joven Robert Parish era una especie de clon de Chief Borden, personaje clave en el largometraje Alguien voló sobre el nido del cuco (1975), afamada obra de Milos Forman. El intérprete indio Will Sampson encarnó a una figura imponente y parca en palabras, justo la sensación que le transmitía aquella torre venida de San Francisco. Irónicamente, la gran estrella de aquella película era Jack Nicholson, seguidor impenitente de Los Ángeles Lakers, llamado a ser uno de sus grandes hinchas hostiles cuando visitasen el Forum de Inglewood en épicas batallas deportivas.

Lejos de tomarse a mal la broma, el nuevo pívot verde aceptó la oferta de ver aquella famosa cinta, tomándose a bien la chanza de su compañero. Un ejemplo de que se escondía humor detrás de aquel hierático deportista que no dejaba traslucir sus emociones. Aunque no lo proclamase a los cuatro vientos, Parish sentía que tenía una oportunidad clave tras el malestar que le supuso su periplo con Golden State. Esto no significaba que adaptarse a la nueva ciudad fuese fácil.

Nadie lo observó mejor que Larry Bird, un prodigio surgido de la desconocida French Lick, en el estado de Indiana, donde no solamente es baloncesto. Primera ronda del draft por orden expresa de Red Auerbach, la franquicia del trébol quería reconstruir su gloria a través de aquel rubio de puntería mortífera, manos rápidas y espectacular capacidad de asistir. De hecho, los Boston Celtics ganaron 32 partidos más que el año anterior a la llegada de aquel rookie descarado y que dominaba en la cancha sin un físico deslumbrante. Competitivo al máximo, “El Pájaro” buscaba entre sus camaradas quiénes podrían ayudarle a su gran objetivo deportivo: llenar de nuevas banderas el techo del pabellón de los leprechauns.

El entrenador de Massachussets en aquellos días era Bill Fitch y, salvo para Bird y los más veteranos, sus training camps eran reconocidos por ser espartanos e infernales. Nadie lo notó más que Parish, fuera de forma en sus últimos meses en un equipo que estaba abocado a la dinámica de malos resultados y sin expectativas de postemporada. “Alguien incluso dijo en una ocasión que era tan vago que me metía en problemas de faltas para así no tener que jugar” llegó a afirmar con una inusual sinceridad en el prestigioso medio de Sports Illustrated.

Bird estudiaba todo con atención. Fitch no iba a salirse de su papel como sargento de hierro y el joven deportista podía estallar en cualquier momento. O, peor todavía, bajar los brazos para siempre; recientemente, había llegado a barajar la retirada en sus peores instantes con Rick Barry y compañía. Su principal carencia era la velocidad, llegaba tarde para incorporarse a los ataques y luego debía retroceder pesadamente para recuperar la posición. Sin embargo, resistió aquel mes inicial insoportable para que ver que su suerte iba a cambiar.

Dave Cowens, leyenda céltica, informó sin previo aviso de que colgaba las zapatillas. Una noticia sorprendente, puesto que el plan era que él retuviese la titularidad mientras Parish se asentaba poco a poco. El propio joven aceptaba ese rol con humildad. Ahora, pasaba de ser un proyecto a una pieza esencial que el staff técnico debía proteger porque ocupaba una posición vital. Debían darle un espaldarazo. Y acertaron de pleno.

00, con licencia para defender

A veces, se veía tentando de frotarse los ojos. La metamorfosis de Parish resultó algo casi milagroso. Bird pasó de tener dudas a poseer la fe del converso. Le encantaba aquella presencia porque entendía muy bien sus fortalezas y debilidades. Aquellos Celtics habían sido la franquicia menos taponadora del campeonato, con la excepción de San Diego. Aquello se acabó con El Jefe. Permitía a su alero estrella atraer a sus rivales más físicos hasta sus dominios para brindarle exquisitas ayudas.

No sería el único beneficiado. Desde que inició su carrera profesional, Cedric Maxwell era una maravilla ofensiva, aunque se le podía exigir más en las barricadas. Con la ayuda del pívot con el doble cero a la espalda, la mejoría resultó palpable. Fruto de aquellos cuidados que había aprendido de Clifford Ray, cada vez estaba en mejor estado de forma. Ya fuera con el característico bigote de sus primeros compases o con el rostro estoicamente afeitado que es la imagen con la que más le asociamos, Parish corría cada vez mejor y tenía sagacidad para identificar mejor los carriles adecuados.

Fitch y sus sucesores en el cargo explotarían su sapiencia recibiendo de espaldas, siendo una marca de la casa su manera de girar y superar a su marcador por la línea de fondo. Devoto de las estadísticas propias y ajenas, Bird ponderaba mucho la generosidad de aquel fichaje, puesto que en muchas ocasiones pedía el cambio para dar minutos de lucimiento a los más jóvenes. Los estudiosos de la dinastía céltica como Antonio Rodríguez o Juan Francisco Escudero lo expresaron de manera elocuente: Parish no era una superestrella en Boston porque el proyecto no lo necesitaba. Hacía una labor oscura imprescindible y podía hacer excelentes guarismos las noches que fuera necesario.

Una muestra la hallamos en su primer anillo de campeón. Maxwell consiguió el MVP de las Finales ante los Houston Rockets por su producción en ataque, mientras que Bird dejó algunos highlights para el recuerdo. Mientras tanto, Parish tuvo que bailar con Moses Malone, uno de los competidores más duros en la historia de la NBA. Lo hizo sin amedrentarse y volviendo a saltar a la pista inmediatamente después de tener que recibir puntos por un choque con aquella fuerza de la naturaleza.

Los mejores años de nuestra vida

“Yo creía que Kareem era frío y distante. Hasta que vi a Robert”. Las palabras de Magic Johnson escenifican a la perfección que la mejor rivalidad que conoció la NBA en la década de los ochenta del pasado siglo tuvo a dos tipos serios en la pintura: Robert Parish y Kareem Abdul Jabbar se entendían sin necesidad de intérprete. De hecho, no resultó infrecuente que ambos pívots fueran a cenar juntos tras aquellas épicas batallas por capturar el rebote bajo los tableros de Celtics y Lakers.

Daniel Senabre lo explica muy bien en la obra Celtics & Lakers: La rivalidad que lo cambió todo (2010): si uno tenía el imparable gancho del cielo, Parish supo fabricarse su variante llamada rainbow jumper, un arcoíris no tan estético como el anterior, pero eficaz e idóneo para salir de posibles atascos en ataque cuando Bird o McHale estuvieran demasiado vigilados. En una batalla ajedrecística entre dos obsesos de los sistemas como K.C. Jones y Pat Riley, las torres fueron un elemento básico para controlar el tablero. 

La memoria selectiva oscurece la real contribución de Parish a uno de los más épicos triunfos bostonianos: las Finales de 1984. La expeditiva e injustificable falta de Kevin McHale a Kurt Rambis o “la rajada” de Bird al finalizar agotado de recibir bandejas de Magic en el tercer encuentro en el Forum de Inglewood llevan a que olvidemos la contribución real de El Jefe. Su sutil toque para que Bob McAdoo perdiera la pelota en la prórroga del segundo duelo o su forma de adelantarse a James Worthy para interceptar un pase clave de Magic con el electrónico empatado a 113 y desesperando a la grada más hollywoodiense del planeta. Hay secuencias míticas suyas en el colosal pulso de gigantes, incluyendo su forma de capturar su propio rebote ofensivo en L.A. para sacar un 2+1 vital o su capacidad de sacar faltar personales a Jabbar, auténtico martillo para la defensa verde.

En aquella serie de batallas antológicas (1984, 1985 y 1987), Parish terminó sacando una conclusión sobre una persona con la que compartió muchos minutos de fiera lucha en la pista: “El gancho del cielo de Kareem era imparable. En mi opinión, su salto y gancho eran las dos armas más imposibles de frenar en baloncesto”.

Sweet Sixteen

Es uno de esos números especiales de Skyhook la revista quiso honrar a una de las escuadras más poderosas que se recuerdan en el Boston Garden. No parece casual que la portada incluyera una fotografía aérea del poderoso Robert Parish avanzando sobre el leprechaun que gobierna la mitad de pista en Massachussets. El anillo de 1986 resulta más inolvidable en la cuna de la revolución de las Treces Colonias por las formas que por el resultado.

Aconsejado por Larry Bird, Red Auerbach aceptó el ofrecimiento de Bill Walton, una gloria universitaria y estrella de los Portland Trail Blazers que nunca pudo hallar continuidad por sus rodillas. Si el físico le aguantaba, era dar munición a un tridente que ya era mágico: McHale, Parish y el propio Bird. Los tres se habían acostumbrado a compartir minutos de titulares desde que Kevin aprovechó admirablemente la lesión de Cedric Maxwell en 1985 para avanzar desde su rol como mejor sexto hombre de K. C. Jones.

Existían, sin embargo, algunas dudas sobre la manera en que El Jefe podía recibir al recién llegado. A fin de cuentas, ocupaban el mismo puesto y eso podía restarle protagonismo al 00. En aquellos instantes de su carrera, Walton quería disfrutar al máximo de lo que le permitiera su físico y soñar con otro campeonato. Lo primero que hizo en el vestuario fue hablar cara a cara con el pívot titular, asegurándole que debía verle como una ayuda y que para nada iba a intentar fastidiarle la vida deportiva.

Parish regaló una de sus no muy frecuentes sonrisas y dio la bienvenida a Walton, asegurándole que estaba encantado de tenerlo a bordo y que lo iban a pasar muy bien. Y Larry Bird pudo dar fe de ello. En ocasiones, los enfrentamientos entre el quinteto ideal soñado de K. C. Jones con los reservas (ahora liderados por Walton) fueron incluso más competidos y emocionantes que los de una fase regular donde se pasearon para coronar la hazaña en otras Finales frente a los Houston Rockets de su antiguo mentor, Bill Fitch (4-2). 

Morir en la orilla

No había nada comparable a un séptimo partido en el territorio donde Red Auerbach gobernó con puño de hierro y puros de la victoria. Si la primavera de 1986 fue un sueño, la siguiente vez que llegó la estación supuso un montón de bajas en la enfermería del roster campeón. Con todo, unas ausencias que son apenas una molestia comparada con la tragedia con la que empezaron la campaña: Len Bias falleció cuando iba a ser el socio perfecto de Larry Bird cara a encarar la cesión del testigo. La NBA enmudeció y nada volvió a ser igual en el club que por entonces ostentaba en solitario el récord de anillos. Auerbach siempre afirmó que David Stern fue implacable y no les permitió reconstruirse realmente tras ese mazazo.

Parish no podía hacer nada al respecto de lo que ocurría en los despachos. No obstante, bajo el parqué sí que consiguió lograr seguir siendo decisivo, pese al malestar muscular, el dolor de tobillos o sus rodillas vendadas de color verde. Una muestra: partido a vida o muerte de semifinales frente a los Milwaukee Bucks, una escuadra talentosa con muchas cuentas pendientes con el trébol para ser hegemónicos en la Conferencia Este. Una noche ideal para “El Jefe”: 23 puntos, 19 rebotes y 4 tapones que, con todo, no hacen verdadera justicia a su presencial emocional en el encuentro. Su forma de cerrar espacios a Jack Sikma, los rebotes ofensivos que daban seguridad a Bird para forzar lanzamientos complicados, etc.

Nadie comprendía mejor el papel de Parish que Isiah Thomas, el alma máter de los Bad Boys de Detroit, un proyecto deportivo tan fascinante como polémico. “Los Celtics fueron nuestros maestros en todo” afirmaba sin rubor el base de cara y juego angelical, pero también muchos demonios internos. Los de Michigan olfatearon la sangre de los envejecidos y orgullosos verdes, aunque se seguían sosteniendo con aquella fórmula terrible para las defensas rivales: aquel frontcourt que Thomas consideraba inhumano. Bird, McHale y Parish obligaban a lanzar ayudas, generar espacios y cualquiera de los integrantes del tridente podía aniquilar las esperanzas de la franquicia que tocase aquella velada.

Aquella serie supuso uno de los conflictos más brutales y agotadores que se habían presenciado en la Conferencia Este para pasar a las Finales. Recuperándose de molestias en el vestuario del Pontiac Silverdome de Detroit durante el tercer partido, Parish comprendió todo sin ver la cancha. Los Pistons habían ganado, Larry Bird quedó expulsado y K. C. Jones intentaba dar la cara ante la prensa. Cunado la estrella céltica bajó, los dos hombres se miraron y El Jefe pronunció secamente un nombre: Laimbeer. El alero asintió.

Consciente de cómo las tretas y juego subterráneo de Bill Laimbeer estaban desestabilizando a sus compañeros (incluyendo a Larry Bird, quien le arrojó furioso el balón para hacerle daño al hombro del Bad Boy en la Ciudad del Motor), Parish le mandó un mensaje explícito mientras luchaban bajo tableros en el quinto duelo. Una serie de manotazos terminaron arrojando al suelo al pívot de Michigan. Ambos profesionales llegaron a odiarse y en noviembre de 1988 terminaron recibiendo sendas expulsiones en el Garden por sus constantes piques.

“No puedo creer que perdiera la compostura de esa manera. Fue la primera vez en mi vida” admitió décadas después aquel tipo con fama de gélido. Aquella guerra de 1987 terminó siendo para los Celtics, merced especialmente al milagroso robo de Larry Bird a saque de Isiah Thomas con posterior asistencia para Dennis Johnson. Revisada su acción en vídeo, la NBA no permitió a Robert saltar a pista el sexto día. Una sucesión de batallas durísimas que dejaron todavía más tocados a Parish y a sus camaradas en aquel ocaso de su dinastía. Sin dejar traslucir sus emociones, fue Parish quien recogió la bola que suavemente fue bajando tras el baby hook de Magic Johnon en el decisivo cuarto duelo de una serie decidida en seis para los de púrpura y oro.

Cedieron todo, salvo su orgullo.

El combate de los jefes

Principio de abril en Massachussets. No estaba siendo un curso baloncestístico agradable para una afición acostumbrada a ganar. Aquel año de 1993 había una nueva ley en la NBA: los Chicago Bulls de Michael Jordan hacían y deshacían a su antojo. Dominando por 57-70 en el ecuador del tercer cuarto, los por entonces vigentes campeones no consienten ni un fácil mate de Robert Parish, el gran recuerdo viviente de las jornadas de gloria. La espalda de Bird ha dicho basta a su genialidad y McHale tampoco viste de corto. El dorsal 23 vuela y hasta un guerrero de temple como El Jefe termina por hacer una mueca de sorpresa. Los colegiados son caseros y señalan una falta sin opción de tiro. Jordan no piensa dejar pasar ese momento de superioridad y, después de protestar a la terna de colegiados, busca al center de blanco para martillearlo con su trash talking.

El escolta sonríe. Robert Parish pide la pelota en la banda sin perder la compostura. La jugada no va a servir para cambiar el rumbo de un encuentro perfilado para mayor gloria de los de Phil Jackson. Sin embargo, es un mensaje sin decir nada. Un hombre alto se niega a que la bola se le escurra de entre las manos mientras da la espalda a Horace Grant. Consigue sortear con dificultades a Bill Cartwright. Scottie Pippen, el lugarteniente ideal de Michael Jordan, está a punto de robarle la cartera. En un gesto que denota esfuerzo por intentar lograr velocidad, Parish sostiene el esférico como si fuera el objeto más preciado. Solo entonces, conecta un gancho de hermosa simplicidad. El Garden aplaude, saben qué les ha querido transmitir.

Cuando cae el telón en la dinastía de la Cheers, aquel tipo fuerte y callado, como habría dicho Tony Soprano, se dispone a cumplir la profecía de Bill Walton. Va a sobrevivirles a todos como profesional. No solamente permanece más años como Celtic que sus amigos, sobrepasara con mucho cualquier expectativa de longevidad. En un rol diferente, habrá de adaptarse en los Charlotte Hornets, aunque hay un último guiño de las deidades de la canasta. Lo adquieren lo Chicago Bulls en plena marcha triunfal. Campaña 1996/97. Obviamente, Parish forma parte de la segunda unidad, unos jugadores reservas habituados a ser arrollados por Michael Jordan y Scottie Pippen. El orgulloso verde intenta insuflar más agresividad y confianza para plantarles cara durante las prácticas.

Siguiendo la fórmula que el propio MJ hizo pública en la serie documental El último baile (2020), el mejor jugador del planeta quiso marcar pronto su territorio sobre el recién llegado. Acostumbrado a que la bajen la mirada como le sucedía a Alejandro Magno, el conquistador del aire tendrá que escuchar a su Diógenes particular: “Le dije que yo no estaba enamorado de él como esos otros chicos. Yo también tenía mis anillos”. El dueño emocional de la Ciudad del Viento prosigue como un león dispuesto a dejar claros cuáles son los límites de sus dominios en la selva. Parish busca no alterarse cuando se sostiene y afirma sin necesidad de muchas palabras de que nadie va a hacer de su último año como profesional un infierno: “No, no lo harás”. Se acabaron los roces.

Respetando mucho las habilidades baloncestísticas de Jordan, El Jefe siempre se decantó por el tipo de liderazgo que conoció de Larry Bird, recelando un tanto de la tendencia del dorsal 23 de Chicago o de otros mitos como Magic a la hora de señalar a sus compañeros si las cosas no iban bien a nivel de resultados. Por el contrario, guardó un excelente recuerdo de Phil Jackson. El Maestro Zen fue muy honesto con él desde el primer día de la pretemporada y únicamente pidió a Parish mantenerse en forma por su surgía la necesidad, además de ser una voz experimentada en el vestuario. Los dos cumplieron a la perfección sus roles y el curtido líder pudo colocarse un cuarto anillo de campeón para poner el broche de oro a su carrera.

Para alguien asiduo del gimnasio, la piscina y que evitaba los excesos con la carne roja o los fritos, resultó sencillo proseguir con los buenos hábitos que le permitieron saltar al parqué hasta en 1.611 ocasiones. Asiduo del ginseng y amante de la música jazz, otro vínculo con su admirado Abul-Jabbar, es siempre una grata noticia para la persona gourmet de la NBA ver a El Jefe impartiendo su sabiduría en podcasts como el de su buen amigo Cedric Maxwell.

Para cerrar su historia, sería conveniente recordar las emotivas palabras que le dedicó M. L. Carr, aquel genial agitador de toallas y alma de Boston, el suplente soñado por cualquier técnico: “Es el centro de nuestro club. Desde él empieza nuestra defensa. Dirige el tráfico de atrás como lo hacía Dave Cowens. Y corre la pista mejor que ningún otro pívot de la Liga. No pude ver jugar a Bill Russell, pero intuyo que se parece mucho a como era Russ”.  Noble Indian Chief, bring us back your plays, your Celtics were so awesome, in oh so many ways

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