Negarlo sería mentirnos. Nos gustan ese tipo de personas, no podemos evitarlo. Aquellos que se rebelan ante lo establecido y ponen el grito en el cielo cuando sienten que no se está siendo justos con ellos. Esos que dicen lo que piensan, en las ruedas de prensa o en el parquet. Que lucen como quieren, que no guardan las formas porque sea algo impuesto desde arriba. Nos gustan los tipos de alma libre. Aunque seamos conscientes de que muchas veces se equivocan.

Allen Iverson supuso un desafío para la propia liga, pues se convirtió en icono de la misma, llegando a toda una generación que soñaba con sus crossovers y vestía como él. A David Stern le daba la vida, pero se la quitaba luego sin pedirle permiso. Era un poco el hijo indomable al que tuvo que marcarle el terreno. Latrell Sprewell, un día de entrenamiento, agarró por el pescuezo a su entrenador, P.J. Carlesimo. Y todos le condenamos. Pero acabamos perdonándolo cuando sangró en la Gran Manzana con un equipo maldito, y luego compitiendo desde el frío el sol que llegaba de California. Demasiado corazón como para pasar inadvertido. Kevin Garnett fue odiado por los rivales que tuvieron que sufrirlo, pero pregúntenles a quienes asisten cada noche al TD Garden qué significa para ellos, y comprobarán cuan profunda es la huella que fijó en sus seis años de estancia. Te dirán que es uno de los suyos hasta el fin de los días. Y así tantos y tantos nombres.

Me llaman mucho la atención estas figuras insurrectas, disconformes. Que pese a sus errores alcanzan el alma de los aficionados de la franquicia que defienden. Los políticamente incorrectos. De labia fácil y gesto contrariado. En ese perfil reconocemos, cada uno dentro de su propio ecosistema, a DeMarcus Cousins o Russell Westbrook. Y los amamos. Con sus virtudes y sus defectos. Nos dejamos llevar a esa especie de lado oscuro, para atrincherarnos y resistir con ellos ante la adversidad, la incomprensión… Ya había sentido eso antes (Larry Bird, Dennis Rodman, Gary Payton o incluso el mismísimo Michael Jordan, dominador también del trash talking), pero recuerdo la primera vez que me vi realmente arrastrado por lo atractivo de las sombras. El responsable era un producto de la inagotable factoría de North Carolina, y había debutado en la NBA prestando servicio en la capital. Y tras tres años en Oregón, coincidiendo con el cambio de siglo, atravesó mi resistencia y me ganó para siempre. Calidad y temperamento a partes iguales. Tanto talento como desobediencia. Andrés Montes lo apodaría “Etiqueta Negra”.

Rasheed Wallace, el baloncestista.

Rasheed Wallace redefinió, junto a Tim Duncan, Kevin Garnett, Chris Webber o Dirk Nowitzki, la posición de ala-pívot. Y sí, lo incluyo entre monstruos que en el futuro verán su nombre ligado al Hall Of Fame. No será su caso. Pero me pregunto hasta qué punto no fue responsabilidad suya. Quiero decir, nunca se preocupó por ser el prototipo de estrella al uso. Su imagen le daba un poco igual y sus números realmente no le importaban demasiado. Lo curioso es que precisamente por esa forma de ser, tan peculiar, acabó gustando a tantos fans.

El talento estaba ahí, a la vista de todos. Defensivamente fue un prodigio. Un cuatro lo suficientemente fuerte como plantar cara al cinco más poderoso, y seguir los pasos de la mayoría de treses. Rápido en las ayudas, con buen desplazamiento lateral y gran capacidad (y timing) de salto. Enorme envergadura y piernas veloces. El prototipo de defensor. Y ofensivamente tampoco existían muchas dudas sobre sus aptitudes. Al poste era una pesadilla para el rival. Jugando de local, podía oírse en el graderío aquello de “Sheed – Sheed – Sheed” cuando recibía la bola, y había aclarado. Las posibilidades de anotar se veían agrandadas por su buen lanzamiento exterior; era habitual observarle tirar desde más allá del arco en cada partido. Nowitzki aparte, quizás tenía la mejor muñeca entre los hombres altos del momento. A sumar, que no era nada mal pasador y su lectura de juego le daba ventaja cuando sus compañeros ejecutaban algún movimiento.

Pero sus propias virtudes también eran fuente de polémica. Su gusto por el triple provocó una corriente contraria que lo tachaba de irreflexivo, pues en cierto modo no estaba aprovechando su ventaja física. Contrariamente, su capacidad ofensiva se veía ampliada por esa versatilidad. El tiempo, y la propia evolución de este deporte, ha acabado por darle la razón. Hoy en día es común ver cómo el power foward despeja la zona arrastrando a su rival en busca de espacio, para que los exteriores puedan penetrar, siendo amenaza si en un descuido quedan tras la línea de tres puntos. ¿Cuánto valdría en la actualidad alguien como Rasheed, pudiendo defender a cualquiera de los interiores rivales y siendo tan mutable en ataque?

Foto: NBA

La otra crítica llega por su falta de egoísmo. Promedió 14,4 puntos en su carrera, pero ni en el cénit de la misma superó los 20 en una temporada completa. En cualquier escuadra en la que militó podría haber sido perfectamente la primera referencia ofensiva. En 16 años como profesional (podríamos decir casi que 15, puesto que su regreso para formar en los Knicks, tras dos cursos retirado, fue efímero), solo en tres de ellos lideró a los suyos en lanzamientos a canasta intentados. Poco, muy poco. Pero él elegía el baloncesto coral, poniendo al colectivo por encima de lo individual.

Teniendo en cuenta esto, procede reflexionar sobre el hecho de que su presencia se antojaba clave. Con aquellos talentosos e indisciplinados Blazers estuvo a un cuarto de la gloria. Cierto es que quedaría por delante una final, pero en aquel momento el trofeo Larry O’Brien era coto exclusivo de los equipos del lado del Pacífico. Consumaría su venganza cuando, ya en los Pistons, contra todo pronóstico sí que pudo con aquellos Lakers, otrora verdugos, que parecían destinados a alargar su reinado. Y volvería a las finales con ellos para caer ante San Antonio Spurs. No sería la última ocasión. Aún regresaría a las mismas vistiendo el verde de la franquicia más legendaria de la liga. Entonces volvería a caer ante el eterno rival de sus Celtics. Sumemos: hasta en cuatro ocasiones estuvo ahí. Puede que un jugador más preocupado por la estadística, incapaz de desempeñar un rol menor, no encajase en un aspirante. Quizás el aficionado común no se tope con él haciendo memoria, pero en la Motown se recordará hasta la eternidad la dupla que formó con el otro Wallace, Ben, como ancla imprescindible de una nave que comandaba Chauncey Billups, y tenía como lugartenientes a Richard Hamilton y Tayshaun Prince. Hasta Rasheed no había sido posible.

Rasheed Wallace, el personaje.

En lo deportivo era exquisito, y estaremos de acuerdo en afirmar que, de haberlo deseado, sus prestaciones individuales pudieron ser mayores, dignas de un All Star perenne. Pero existía otra barrera para ser reconocido como uno de los mejores jugadores de la competición: su carácter. En la temporada 2000-01 le señalaron nada menos que 41 faltas técnicas. Promedio superior a la media unidad, puesto que no jugó todos los partidos ese año. Hoy existe una norma en la NBA por la que te suspenden a partir de la decimosexta (año 2006, regla que va ligada a nuestro protagonista). Un registro que nadie igualará nunca. No es el récord que esperas de tu jugador favorito. Rasheed despidió la NBA (volvemos a omitir su breve epílogo en New York) liderando la estadística en 2009-10. Y pese a que DeMarcus Cousins, señalado por reincidente en esta categoría, pueda parecer un ‘digno’ sucesor, lo cierto es que ni siquiera ha llegado a la mitad de aquella pica puesta por Wallace hace ya tres lustros.

Y todo por una incontenible verborrea. Nunca callaba, decía lo que pensaba algunas veces sin pensar lo que iba a decir. Su posición le permitía darse ese gusto. Su visión de la sociedad dividía a quienes lo escuchaban, y Rasheed era ídolo o enemigo según perspectivas. La propia liga le recriminaba que su actitud no era la de un profesional, hablándole de la responsabilidad de ser una figura pública. Le entraba por un oído y le salía por el otro. Él quería ser libre. Y en su propia libertad halló el libertinaje. Problemas con la marihuana o protestas hacia la explotación de la NBA, a quien acusaba de obligar a bailar a su son a los atletas negros por el mero hecho de cobrar una cantidad determinada de dinero. Claro que Wallace ganaba mucho dinero. Y por ello parte de la prensa fue a degüello. ¿Merecía un jugador que podría dar mucho más en la pista los cheques que se embolsaba? Presa fácil de sus detractores.

Todo lo expuesto aquí nos lleva a la conclusión de que Rasheed no fue más porque no quiso, o porque en su fuero interno, no pudo. No pudo contener su labia, dominar su carácter. En lo que tenía que ver únicamente con el juego, estábamos ante una pieza de museo. Con las condiciones para enfrentarse de tú a tú ante los mejores de la competición, siendo un igual. Sin embargo, él mismo parecía empeñado en destacar de otra manera. Jamás será un hall of famer. Tal vez no le importe. Igual le resbala lo que se piense de él en la actualidad, y si llegan o no reconocimientos posteriores. Simplemente fue él mismo mientras desarrollaba su trabajo. En una oficina en la que algunos buscan agradar al jefe y ascender en la pirámide de la empresa, y otros se dedican a cumplir con su horario, tratando de pasarlo lo mejor posible con sus compañeros. Rasheed Wallace no necesitaba focos. Él ya se encargaba de iluminar el pabellón de turno. Ya fuera por su clase, o por su irreverencia. Para finalizar, destacar el enorme respeto de sus compañeros de profesión hacia su figura. ¿Legitimado entonces? Según cómo se mire…

Foto: Nike